Por Jaime Septién

El recién nombrado arzobispo de Durango, don Faustino Armendáriz Jiménez, fue por ocho años y poco más de tres meses obispo de Querétaro. Como sucesor de los apóstoles, su ministerio está ligado al seguimiento de Cristo. Y el Vicario de Cristo, el Papa Francisco, le ha pedido que acepte esta nueva responsabilidad pastoral. La acepta, me lo dijo, con alegría y obediencia al Santo Padre. Así se construye la Iglesia.

Si puedo hacer un resumen muy personal de la presencia de don Faustino en la diócesis desde donde se hace para todo el país y para el mundo de habla hispana El Observador, destaco un rasgo que me parece fundamental para el futuro de la Iglesia católica: su espíritu –incansable– de misionero. Y de peregrino.

A los sacerdotes de Durango que han venido a platicar con él, les dije bromeando, pero un poco en serio: «A partir de noviembre (fecha en la que termina su período como administrador de la diócesis de Querétaro), compren zapato cómodo, porque van a tener que seguirle el paso». Es este el «modo obispo» que ha pedido el Papa Francisco para un mundo de periferias.

Resta orar por su nuevo encargo y porque el Espíritu Santo provea a Querétaro de un obispo que continúe la obra espiritual, cultural, de confirmación en la fe que han cumplido a cabalidad los nueve obispos que ha tenido esta tierra bendita.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 22 de septiembre de 2019 No.1263