De todos los acontecimientos importantes ocurridos en 1978, ninguno fue más electrizante que los siguientes: la muerte de Pablo VI, la elección y muerte de Juan Pablo I, y la elección de Juan Pablo II; todo ello ocurrido en un período de apenas dos meses y medio.

Pablo VI y Juan Pablo I

Giovanni Battista Montini, pontífice desde el 21 de junio de 1963 con el nombre de Pablo VI, falleció en Castel Gandolfo el 6 de agosto de 1978, a los 80 años.

En el cónclave que le siguió, el día 26 de octubre de 1978 fue elegido como sucesor de san Pedro el cardenal Albino Luciani, patriarca de Venecia, quien tomó el nombre de Juan Pablo I, a quien también se le conoció como «el Papa sonriente», y cuyo pontificado sólo dudaría la significativa cantidad de 33 días, es decir, la duración en años de la vida terrena de Jesucristo.

Falleció el 29 de septiembre de 1978, a los 65 años de edad, de un infarto al miocaridio derivado de causas que aún son motivo de grandes controversias debido a las múltiples declaraciones contradictorias de quienes rodeaban al Pontífice.

El 16 de octubre de 1978

Como quiera que haya sido, se convocó un nuevo cónclave. El 16 de octubre de 1978, tras dos días de deliberaciones, el cardenal Karol Józef Wojtyła, arzobispo polaco de Cracovia, fue elegido sucesor de san Pedro.

Adoptó el nombre de Juan Pablo II y se convirtió, con 58 años de edad, en el Papa más joven del siglo XX, además del primer Papa no italiano desde el holandés Adriano VI en el siglo XVI.

Juan Pablo II, Profetizado

Aquellos momentos eran realmente difíciles dentro del contexto de la Iglesia; pero Dios habría de darle a su Esposa un largo respiro.

Efectivamente, el luminoso pontificado de Juan Pablo II duró casi 27 años. Y si bien se pueden enumerar muchas cosas maravillosas que realizó como vicario de Jesucristo, si hubiera que señalar con unas cuantas palabras cuál fue la misión que cumplió, habría que afirmar que preparó a la Iglesia para los últimos tiempos.

Esto ya había sido profetizado desde tiempos de su compatriota Faustina Kowalska, según quedó recogido en el número 1732 del Diario de esta santa. En él Jesucristo le revela: «He amado a Polonia de manera particular, y si obedece mi voluntad, la enalteceré en poder y en santidad. De ella saldrá la chispa que preparará el mundo para mi última venida».

Esa preparación, que no podía ser sino de índole espiritual, consistió en conducir a los ya cristianos y a la gente de buena voluntad hacia «un encuentro personal, vivo, de ojos abiertos y corazón palpitante, con Cristo resucitado», como el Papa polaco decía.

Y, efectivamente, su pontificado trajo un despertar sorprendente en la fe, una experiencia vivencial del cristianismo, y un mar de conversiones. Al final de cuentas esa y ninguna otra es la razón de ser de la Iglesia: «Vayan y hagan que todas las gentes sean mis discípulos» (Mt 28, 19). Ni las obras de caridad, ni de promoción humana, ni la ecología o la implementación de la justicia son la verdadera misión de la Iglesia —«Los Doce reunieron la asamblea de los discípulos y les dijeron: ‘No es correcto que nosotros descuidemos la Palabra de Dios por hacernos cargo de este servicio’» (Hch 6, 2)—; más bien son consecuencia de haber experimentado el encuentro personal con Cristo.

Por eso Juan Pablo II, desde el principio, desmarcó su pontificado de la administración de la Santa Sede, dejando el Estado Vaticano, sus bienes y sus entes —como el llamado Banco Vaticano— bajo la Curia Romana.

Por poco no llegaba

Cuando Karol Wojtyla llegó a Italia para participar en el cónclave donde fue elegido, como faltaban bastantes horas para que éste iniciara, partió en coche con un amigo hacia el santuario de la Madonna delle Grazzie, regido por una congregación polaca. Sólo que, al intentar regresar a Roma, el auto inexplicablemente no funcionó.

Pudo abordar un autobús que lo llevó hasta la localidad de Palestrina, donde tomó otro automóvil que lo condujo al Vaticano, llegando minutos antes de que las puertas de la Capilla Sixtina se cerraran. De no haber entrado en aquel momento del 14 de octubre de 1978, no habría sido Papa.

Aunque el cónclave es secreto, un cardenal reveló que los más votados habían sido Siri y Benelli, mas ninguno lograba alcanzar la mayoría necesaria, así que los purpurados pusieron sus miradas en uno no italiano. El cardenal de Cracovia obtuvo 11 votos en el sexto escrutinio; 47 votos en el séptimo y 99 en el octavo. Con esta mayoría aplastante la elección quedaba cerrada. Y, en el nombre de Dios, aceptó el cargo de vicario de Cristo.

Redacción

TEMA DE LA SEMANA: AQUEL OCTUBRE DE 1978

Publicado en la edición impresa de El Observador del 20 de octubre de 2019 No.1267