Por Chucho Picón

Al ver la película del gran santo Ignacio de Loyola es posible seguir conociendo a su protagonista, Andreas Muñoz, quien se tomó muy enserio el papel del santo que fundó la Compañía de Jesús. Andreas, con su actuación, enseñó rasgos que desconocíamos del gran santo de los Jesuitas; nos adentró y profundizó en la historia de vida de este santo que sufrió como muchos la persecución, la burla, las tentaciones y vanidades de este mundo, pero que también tuvo la oportunidad de conocer la luz y la redención por medio de la misericordia y la gracia de Dios.

En estos días se estrenó Joker el Guasón, y enfrente está Ignacio de Loyola, sin tanta publicidad; solo gracias al gran esfuerzo de Gaby Jacoba, directora y fundadora del Festival Internacional de Cine Católico, se logró el estreno a nivel nacional. He visto las dos películas, las dos me han marcado e impactado en lo más profundo; la diferencia es abismal.

Mientras el Joker se hunde en sus traumas y miserias, enfermedades, complejos, frustraciones y soledad, convirtiéndose en un monstruo alejado de la mano de Dios, llevándolo a la locura y a la desesperación, paralelamente Ignacio de Loyola con su película nos muestra el otro lado de la moneda: ante tanto sufrimiento, traumas, enfermedades, defectos físicos como una cojera, ante el rechazo de la gente, ante la burla, las humillaciones y los fracasos; ante los ataques del demonio, ante sus insidias: es posible levantarse, es posible renacer, listos y fuertes para enfrentar la vida y cumplir la santa y providente voluntad de Dios.

Lo siento por Joker que está muy pero muy lejos de ese calor y amor de Dios que todo lo ilumina, que todo lo sana, que todo lo reconstruye. Me alegro por Ignacio de Loyola que con su película nos enseña que en esta vida es posible ser felices a pesar de las derrotas y de las grandes batallas espirituales, que a pesar de tanta obscuridad y amargura que puede existir en nuestras almas, puede surgir una luz que lo puede todo y lo cambia todo, una luz que proviene del amor de los amores que es Dios.

Ignacio de Loyola, un militar violento, vanidoso, lujurioso, orgulloso, peleonero y bravucón, pasó a la miseria, se arrastró por la vida como un gusano por el peso de sus pecados, y la desesperación, la voz del demonio, lo tuvo al filo del suicidio y de la locura. Finalmente venció la gracia, venció el amor de Dios, venció el poder infinito y omnipotente de la gracia de Dios.

Mil veces me quedaré con la película de Ignacio de Loyola que, al salir de la sala, me dejó una paz inexplicable e indescriptible, una paz de saber que todos podemos vencer a nuestro demonios con la ayuda y la gracia de Dios.

Me quedo con san Ignacio de Loyola y su película que nos enseña que para Dios todo cuenta en la vida, lo bueno y lo malo; que para Dios nuestras miserias se pueden convertir en oro solido de esperanza.

Me quedo con san Ignacio y su película porque en estos tiempos de guerra, en estos tiempos de obscuridad y desesperanza, en estos tiempos de tantas mentiras y corrupción, san Ignacio de Loyola nos enseña que todo, absolutamente todo, es posible con la Gracia de Dios. Solo basta darle a Dios todo nuestro ser, dejarlo entrar en lo más profundo de nosotros y los milagros sucederán.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 13 de octubre de 2019 No.1266