Por Jaime Septién

Como tantos otras, debo a Octavio Paz (en El arco y la lira) esta maravillosa historia: “En el Libro XIII de los Anales, Tzu-Lu pregunta a Confucio: ‘Si el Duque de Wei te llamase para administrar su país, ¿cuál sería tu primera medida? El Maestro dijo: la reforma del lenguaje’”.

Acto seguido, Paz comenta: “No sabemos en dónde empieza el mal, si en las palabras o en las cosas, pero cuando las palabras se corrompen y los significados se vuelven inciertos, el sentido de nuestros actos y de nuestras obras también es inseguro”.

¿Qué significado tiene la palabra misericordia y la obra de amor al prójimo en labios del presidente de la República? Fue el discurso que usó para explicar la liberación del hijo del “Chapo” en Culiacán: evitar una masacre; lo que han hecho “los otros” es convertir al país en un cementerio; ahora aplica la doctrina cristiana de que hay que ser misericordioso, amar al prójimo como a uno mismo; paz y después gloria…

De bote pronto encandila. Pero un poco de reflexión nos hace caer en la cuenta que las palabras misericordia y amor al prójimo están siendo usadas con una función política, es decir, conservar el poder. El lenguaje se corrompe. Todo se vuelve inseguro, incierto, tenebroso. Y si nos damos una vuelta por México hoy mismo, el ambiente es oscuro, incierto, tenebroso.

El teólogo ruso Vladimir Solov’ëv en su libro La justificación del bien señaló que el papel del Estado no es el de transformar a la sociedad en un paraíso, sino de evitar que llegue a ser un infierno. No se evita el infierno usando al paraíso como pretexto. Es la más grave corrupción que el lenguaje puede enfrentar. Y la sociedad mexicana.