Por José Francisco González González, obispo de Campeche

Esta semana, los obispos hemos celebrado la 108ª Asamblea. Desde el inicio, nos unimos al sentir y al caminar del pueblo mexicano. Seguimos en oración por las situaciones que estamos viviendo y nos empeñamos por colaborar con nuestras mejores fuerzas a seguir apacentando el rebaño que el Señor nos ha confiado. Las palabras del Apóstol Pedro nos impulsan a forjar nuestro compromiso:

Apártense del mal, hagan el bien; busquen la paz, síganla” (1Pe 3,11).

Como Iglesia, hemos trazado un Proyecto Global de Pastoral 2031-33 (PGP), y nos hemos comprometido en favorecer la dignificación de la persona humana en sus diversas etapas y circunstancias. No podemos negar que vivimos inmersos en una profunda crisis de los valores genuinamente humanos. Es por eso que, luchamos por elevar la dignidad de cada ser humano, independientemente de su condición económica, racial, política o religiosa. Estamos en un momento precioso de valorar el sentido de la vida y del llamado a la trascendencia del hombre. Cuando se pierde el valor de la persona y su dignidad, el efecto producido duele y hace salir lágrimas, como acaece en la destrucción de vidas inocentes.

Sin embargo, son muchas, y cada vez más repetidas, las historias humanas de dolor y de desesperación, que se viven a diario por falta de justicia, de salud, de alimento, de educación, de vivienda digna y de respeto de los más elementales derechos humanos. Por las cifras que se conocen, y por otras situaciones que no se dan a conocer, se encienden luces de alarma para la estabilidad en las relaciones humanas cotidianas.

LA VIOLENCIA PREOCUPA

El vaso de México se colma de pánico, pues la impunidad, la corrupción, la búsqueda de dinero fácil, la poca inversión pública y privada, la nueva escalada de violencia y la escasez de trabajo digno y medios para recuperar la salud, deterioran la paz y el desarrollo. Preocupa, también, el incremento del fenómeno migratorio, más patente en las fronteras Norte y Sur. Los migrantes afrontan situaciones cada vez más complejas, y, a ellos, no les llegan las ayudas prometidas.

La crisis nos obliga a revisar nuestro camino, a buscar nuevas formas de compromiso de mutuo apoyo con experiencias positivas y a rechazar las negativas. El papa emérito Benedicto XVI nos advierte:

A veces el hombre moderno tiene la errónea convicción de ser el único autor de sí mismo, de su vida y de la sociedad. Es una presunción fruto de la cerrazón egoísta en sí mismo […] Los sistemas económicos, sociales y políticos que han tiranizado la libertad de la persona y de los organismos sociales no han sido capaces de asegurar la justicia que prometían” (Caritas in Veritate, 34).

ALIMENTEMOS LA ESPERANZA

Los retos y desafíos que tenemos ante nuestros ojos son grandes, pero la esperanza de encontrar caminos de reconciliación, de fraternidad, de crecimiento nos impulsan a seguir sirviendo con pasión. En el Acontecimiento Guadalupano descubrimos que el odio y la división se vencen con la fe, el amor, el perdón y la paz. Allí hay un mensaje de comunión, de salvación y de esperanza. La esperanza nos capacita para afrontar nuestro presente, aunque el presente sea complicado y fatigoso.

Nadie se excluya en esta coyuntura. Es inaplazable construir una paz firme y verdadera. No hay paz sin verdadero desarrollo y sin justicia. Todas las personas e instituciones de este País, necesitamos reconstruir el tejido social. La Iglesia tiene como misión y responsabilidad propia evangelizar. Y evangelizar es humanizar nuestro mundo. ¡No dejemos que el mal venza! ¡Venzamos el mal a fuerza de bien! ¡Trabajemos todos juntos y organizados por la paz!

María de Guadalupe nos mandó construir una “casa”, para que nosotros sintamos el consuelo materno de Dios. Esa “casita”, que nos toca construir, es el forjar un nuevo pueblo, el de los hijos de Dios, que lucha por la paz y la justicia.

¡Hagan el bien, busquen la paz!