Por Tomás de Híjar Ornelas

La ciencia y el arte son formas complementarias del conocimiento: Montero Glez

Esta frase, apenas dicha por uno de los acreedores del premio Nobel 2019 en física, Michel Mayor, en una entrevista, casi al tiempo de enterarse de esa designación que ya comentamos en esta columna desde su frente, es decir, como una postura «teológica» de un «científico», puede leerse sólo como el reclamo clamoroso de un ateo anclado en el positivismo más espeso del siglo XIX.

Pero si la retomamos como la posibilidad contraria, la de ser el honesto reclamo de alguien que acepta y asume que la fe religiosa no es evidente ni constituye en el tiempo una certeza, pues el dato revelado no puede entenderse al pie de la letra, sino desde el espíritu que lo animó, el Evangelio tiene mucho qué decir, pues según sus postulados es el amor a Dios en los demás –el servicio a secas–, lo que hace de la satisfacción del deber cumplido la máxima recompensa y no el denario que se espera como jornal al caer la tarde.

Así planteadas las cosas, afirmar que «no hay sitio para Dios en el Universo» deja de ser un acto de repudio al Creador para convertirse en el pórtico del reconocimiento al que es entera y esencialmente Otro.

La filosofía escolástica, con criterios racionales, se empeñó en constreñir la teología a datos mentales duros, como fue el de demostrar que «Sí hay sitio para Dios en el Universo», de ahí su necesidad de armar tales y cuáles argumentos para demostrar su existencia, pasando por encima, incluso, del Evangelio que hizo el planteamiento de otra forma: «Sí hay sitio para el hombre en Dios».

Armado de esa premisa, el Papa Francisco, que acaba de ponerle fin a la etapa deliberativa del Sínodo de la Amazonía, pidió humildemente perdón, en marzo del 2015, durante su visita apostólica a Bolivia, «no sólo por las ofensas de la propia Iglesia sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América».

Desde un planteamiento de compasión y misericordia, ¿alguna vez escucharemos a los «científicos» hacer otro tanto por las tropelías que bajo ese estandarte se han ido consumando desde que en su duelo a muerte con la teología (que siempre correrá el riesgo de racionalizar la fe), se hizo cómplice del mercantilismo para darle a la ganancia material el equivalente al Paraíso perdido?

Como no podemos esperar a que eso pase y sí que se sigan recrudeciendo las posturas de los que han hecho del capital su dios, su becerro de oro, afirmar que «no hay sitio para Dios en el Universo» puede ser algo más que la bandera negra con una calavera bordada en el mástil de un filibustero: la base para que la razón no transgreda lo que no puede retener y la fe no se reduzca o minimice a la creencia.

Es aquí donde los valores evangélicos rompen el corsé y los atavismos a los que la postura racionalista les ha confinado y donde instituciones que nacieron en este contexto, específicamente los Seminarios Conciliares, han de reivindicar su esencia o hacerse a un lado, pues no debe más la Iglesia seguir supeditada a quienes no viven desde su base la compasión y la misericordia, la cual no se aprende en los libros y en las aulas, a menos que sean las de la vida errática de un artesano judío que hace poco menos de dos mil años abandonó a su progenitora, el taller heredado de su padre y su patria chica, para ofrecer una ley diversa a la de la selva y a la del legalismo, la del amor a Dios en el prójimo más débil.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 10 de noviembre de 2019 No.1270