El sabio respondió: «La manga de mi abrigo está rota y manchada, y me avergüenza que me veas así. Por analogía, me he dicho: si me avergüenza que un ser de carne y hueso vea mi ropa desgarrada y manchada, cuánto habré de avergonzarme en el mundo por venir, cuando queden al descubierto todos los jirones y manchas de mi alma, que no he podido enmendar cuando era el momento propicio». De la tradición jasídica.

Por Felipe Monroy  / @Monroyfelipe

Pongamos en contexto: en la víspera del Sínodo de Obispos para la Región Panamazónica, algunos de los miembros de las culturas indígenas del Amazonas fueron recibidos por el Papa Francisco en los jardines vaticanos donde, con libertad, realizaron algunos ritos que simbolizan la estrecha relación de sus culturas con la naturaleza, la Tierra y la vida. Al finalizar, uno de estos líderes indígenas entregó al pontífice la efigie en madera de una indígena embarazada y se persignó frente al Papa.

A partir de entonces, estas estatuillas de madera estuvieron apareciendo con cierta regularidad en el marco de los actos sinodales: en la Basílica de San Pedro, sobre una barca llevada en hombros, en el vestíbulo de la Sala Paulo VI (donde se realizan los trabajos del sínodo) o en el interior del templo carmelita de Santa María Transpontina, rodeada de mujeres de los más disímbolos orígenes, prácticas y credos.

Confundidos, aunque otros intensamente escandalizados, otros sectores lanzaron severas críticas contra el Papa y los indígenas de la Amazonía. Cardenales como Brandmüller y Müller (ambos con trayectoria de servicio en la Curia Vaticana) acusaron tempranamente de herejía y apostasía al marco general del Sínodo Amazónico; y con ello se alimentaron discursos y actitudes «reivindicadores» de cierto «purismo católico», cuya ortodoxia no debe tolerar signos, símbolos o prácticas indígenas.

Estas actitudes tomaron forma concreta en dos momentos muy particulares: en el inicio de los trabajos sinodales, el propio Francisco señaló lo apenado que estaba por un comentario burlón hecho a costa del tocado de plumas de un indígena: «Me dio mucha pena escuchar aquí dentro un comentario burlón, sobre ese señor piadoso que llevó las ofrendas con plumas en la cabeza. Díganme: ¿Qué diferencia hay entre llevar plumas en la cabeza y el ‘tricornio’ que usan algunos oficiales de nuestros dicasterios?»

El segundo sucedió en la última semana de trabajos, cuando unos sujetos hurtaron y lanzaron al río Tíber una de las efigies de las indígenas embarazadas.

De inmediato, el acto fue reivindicado en la lejanía por creyentes católicos como una respuesta «heroica» ante la «idolatría» que permite el propio Pontífice. Al final, la estatuilla fue recuperada por la policía italiana, devuelta al Papa Francisco, quien nuevamente tomó partido pidiendo disculpas a quienes se han sentido ofendidos por aquel acto y aseguró que las estatuillas fueron expuestas sin idolatría en la Iglesia.

De esta manera, esta pequeña pero poderosa imagen ha dividido fuertemente los criterios al interior de la Iglesia católica. Prácticamente nadie queda sin tomar partido. El cardenal mexicano Carlos Aguiar Retes literalmente llamó «ovejas negras» a quienes hurtaron y desecharon la efigie; mientras el cardenal alemán Gerhard Müller insiste en que incluso algunos obispos no son capaces de reconocer el paganismo ni aun teniéndolo enfrente.

Por una parte, es cierto que la Iglesia católica acepta que muchos de sus hoy sagrados elementos y prácticas provienen del paganismo, pero también exige una permanente renuncia a ídolos, mitologías y supersticiones. Lo denomina «purificación» y es un paso importante en el concepto de «inculturación»; pero la inculturación no sólo es una especie de «limpieza» unilateral sino de un doble reconocimiento en el encuentro, de que la Encarnación del Verbo es una encarnación también cultural.

«La liturgia, como el Evangelio, debe respetar las culturas, pero al mismo tiempo invita a purificarlas y santificarlas… Los cristianos venidos del paganismo, al adherirse a Cristo, tuvieron que renunciar a los ídolos, a las mitologías, a las supersticiones… Conciliar las renuncias exigidas por la fe en Cristo con la fidelidad a la cultura y a las tradiciones del pueblo al que pertenecen, fue el reto de los primeros cristianos… Y lo mismo será para los cristianos de todos los tiempos», apuntó una profética Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en 1994 para explicar la inculturación.

Pero la cultura es, para la Iglesia -al menos lo afirmado en el documento «Fe e inculturación», publicado por el entonces cardenal Joseph Ratzinger en la Congregación para la Doctrina de la Fe en 1987-, un esfuerzo por una plena humanidad y una mejor acomodación del universo. Por ello, resulta evidente que la Iglesia, al reconocer -que no venerar ni idolatrar- los símbolos que las culturas indígenas proponen justo para caminar hacia esa plenitud también está llamada a emprender ese esfuerzo. Es un camino «intrínseco y extrínseco», como explicó el documento postsinodal de 1985: «Inculturación es una íntima transformación de los auténticos valores culturales por su integración en el cristianismo y la radicación del cristianismo en todas las culturas humanas».

La evangelización de las culturas supone que se comprendan y se penetren las identidades culturales particulares «con una simpatía crítica y que, con un cuidado de universalidad congruente con la realidad propiamente humana de todas las culturas, se favorezcan los intercambios entre ellas».

Por lo que, si dejáramos de lado temas como la profanación o la idolatría (contra lo que la Iglesia católica siempre habrá de luchar), en el fondo tenemos la humilde silueta de una indígena en situación de preñez que fue señalada, acusada, despreciada, agredida y literalmente lanzada al río. Tan sólo ese acto nos explicaría por qué fue importante realizar el Sínodo Amazónico y por qué es imprescindible encarnarse en las culturas que sobreviven ante la agresividad, superioridad y desprecio de la cultura política, social y económica dominante; y por qué, entre los creyentes cristianos, es positivo que se asimile con vergüenza los actos de depredación y descarte que suelen ser justificados «cristianamente» desde una perniciosa «tradición». Ese es el escándalo.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 3 de noviembre de 2019 No.1269