Por Jaime Septién

Para Valentina y Carlota

El 20 de noviembre de 1959 la ONU aprobó la Declaración Universal de los Derechos del Niño. Hace 60 años los seres humanos plasmaron en un papel lo que desde siempre se ha sabido: que una sociedad que maltrata a sus niños no tiene razón de ser.

Predilectos de Jesús, los niños no representan la esperanza del futuro. Son la esperanza del presente. Un presente que se nos cae a pedazos por la insensatez y la maldad de los mayores, siempre dispuestos a olvidar lo que fueron en aras de multiplicar lo que tienen. En el niño hay esa inocencia primera que fue el sueño de Dios al crearnos a cada uno de nosotros: el sueño de la risa y el juego, el sueño de la libertad.

El primero de todos los derechos del niño –lo diga o no lo diga la ONU—es el derecho a ser niño. En otras palabras, el derecho a no ser humillado por la supuesta autoridad de los mayores. Son mucho más sabios de lo que los zafios se imaginan. Es la sabiduría que viene del corazón, del primer contacto con la creación, del asombro de estar vivos y poder hacer lo que alegra el alma: amar intensamente la presencia de Dios, sin tener que dar justificaciones; sin temor a sentirse «menos».

A seis décadas de la Declaración, lo único que ahora podemos declarar es que les hemos fallado. Y que los niños de entonces, hoy ya en la tercera etapa de la vida, tenemos una deuda pendiente con ustedes. La deuda de aprender que solo Dios es Padre.

TEMA DE LA SEMANA: LOS DERECHOS DEL NIÑO, ¿SIGUEN VIGENTES?

Publicado en la edición impresa de El Observador del 17 de noviembre de 2019 No.1271