El mundo celebra este noviembre los 30 años de la caída del Muro de Berlín

Por Cari Filii/Religión en Libertad

Si el Este no va a María, María irá al Este

En 1947 una imagen peregrina de la Virgen de Fátima regresó a Portugal de un congreso mariano en Maastricht, y la asociación de jóvenes católicas portuguesas planteó el proyecto de hacer que la Virgen pudiese peregrinar también por los países del Este. Pero no pudo ser entonces, ni tampoco después, y menos aún desde 1961, con la construcción del Muro de Berlín, símbolo de la división del mundo.

Sin embargo, en 1978 la imagen peregrina de la Virgen de Fátima por fin logró llegar a los países del bloque comunista. Pasó por Hungría, por Checoslovaquia, por Varsovia y el santuario mariano de Czestochowa…y llegó al Berlín Occidental.

Por fin, la imagen de la Virgen de Fátima se encaraba con el Muro de Berlín. Era el 8 de mayo de 1978. Un grupo de católicos y cuatro sacerdotes llevaban a la Virgen y dirigían un rezo del Rosario ante el Muro. En el lado comunista, las autoridades habían colocado una grúa bien grande y ruidosa que tapara la vista de la ceremonia y que con el ruido ocultara las oraciones. Tenían cierta práctica en ese tipo de operaciones.

Acabada la oración, no pareció que pasara nada en ese momento. Pero 5 meses después un polaco, un eslavo forjado sacerdotalmente bajo el comunismo, era elegido Papa. Era algo inconcebible, y fue el empujón que acabaría hundiendo el Muro. El año que la Virgen llegó al Muro fue el año que San Juan Pablo II cruzó el Muro y empezó el cambio.

La conexión con Fátima se reforzó cuando San Juan Pablo II fue tiroteado por el pistolero Alí Agca el 13 de mayo de 1981, día de la Virgen de Fátima. Él atribuyó a la Virgen que el pistolero no llegara a matarle. Eso entroncaba además con otra profecía de Fátima: la del «obispo vestido de blanco» que resultaba «muerto por un grupo de soldados que le disparaban varios tiros de arma de fuego y flecha».

El 25 de marzo de 1984 en la plaza de San Pedro en Roma, ante una imagen de la Virgen de Fátima, Juan Pablo II consagró el mundo al Inmaculado Corazón de María, en unión con todos los obispos del mundo. Cinco años después, el bloque del Este se hundía.

Fiesta de la Almudena… otro muro que caía

La noche del 9 al 10 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín. Hay quien señala que el 9 de noviembre es la fiesta de la Almudena, que celebra una imagen mariana hallada dentro de otra muralla que se derrumbó, la de la muralla islámica de Madrid en 1083.

Los escombros del Muro de Berlín tienen un valor icónico y simbólico importante, y en el Santuario de Fátima tienen algunos. Eran ofrendas presentadas como «botín» para la Virgen.

Restos del Muro en Fátima

El primero llegó en febrero de 1990: un profesor de arquitectura de la Universidad de Lisboa llamado Claudio Teodoro Spies entregó una ofrenda de un pequeño fragmento del Muro de Berlín en un recipiente de vidrio, atado con una cinta con los colores de la bandera alemana: «Certifico que esta piedra fue retirada del Muro de Berlín y tengo el gran placer de ofrecerla a la Virgen de Fátima como una prueba de mi devoción que surge de mi deseo de que todos los hombres sean libres». Está en el Museo del Santuario.

En julio de 1990 llegó al santuario un paquete con 6 fragmentos del muro y un mensaje: «Doy las gracias a María por la gracia otorgada al derribar el Muro de Berlín. Estas piedras las tomé y las ofrezco en agradecimiento a María. Rezo por la paz del mundo». El autor era Virgilio Ferreira, un inmigrante portugués en Alemania.

En marzo de 1991 cruzaba la aduana portuguesa un enorme bloque del Muro que hoy se expone junto a una entrada de la explanada del santuario portugués. Lo habían costeado portugueses dirigidos por Virgilio Ferreira. Pesaba 2,600 libras, tiene 3.6 m de alto y 1.2 de ancho. El consulado portugués en Frankfurt y el centro de turismo portugués de esa ciudad ayudaron en la operación. El muro había durado 28 años… y ese fragmento se exponía, como un despojo, un símbolo de la fragilidad de los imperios humanos, en la casa de la Virgen.

El mismo Virgilio Ferreira deseó regalar un Rosario realizado con fragmentos de hormigón del muro para Juan Pablo II con motivo de su visita el 13 de mayo de 1991. Además, consiguió que de cada uno de los parlamentos regionales de los 5 estados excomunistas reincorporados a Alemania llegase un fragmento de hormigón: de Sajonia-Anhalt, de Pomerania, de Turingia, la otra Sajonia y Brandemburgo. Cada pieza sería un «gloria» del Rosario.

El caso es que nunca llegó a regalarse al Papa. Se quedó en el santuario por su significación, esperando la ocasión de poder regalárselo en otra visita que no llegó a producirse.

¿Se convirtió Rusia?

Hay, por supuesto, un debate sobre si realmente la consagración de Juan Pablo II era la que pedía la Virgen de Fátima (ya que no sería lo mismo una consagración «de Rusia» que una «del mundo», incluyendo Rusia).

Y hay debate sobre si lo de «Rusia se convertirá» ya ha sucedido, está sucediendo o aún no ha empezado a suceder. Desde 1989 se han abierto miles de iglesias en Rusia, y la inmensa mayoría de rusos se declaran cristianos ortodoxos. Pero apenas un 2% se molesta en ir a las iglesias en Navidad o Pascua.

Probablemente la conversión de Rusia, como la de cualquier persona, es un proceso siempre en marcha, que nunca se acaba.

TEMA DE LA SEMANA: EL MURO DE LA VERGÜENZA Y DE LA SOLEDAD

Publicado en la edición impresa de El Observador del 10 de noviembre de 2019 No.1270