Por Arturo Zárate Ruiz

¿Usted le tiene temor a las nuevas tecnologías? ¿Cree que vendrán los robots y les quitarán el trabajo a usted y a muchos obreros? ¿Cree que la agricultura en extremo tecnificada, con sus especies modificadas, desplazará a los campesinos y pondrá fin al conocimiento de la tierra que tienen éstos, y acabará con la diversidad de cultivos que éstos producen?  ¿Cree que nuevos desarrollos, como la carne de res que se producirá en probeta, no sólo terminarán con las vacas sino con la actividad de los ganaderos? ¿Cree que los mensajes en la red de internet han hecho ya innecesarios a los carteros?

Si así lo cree, podría ser usted un ludita.

Los luditas fueron un grupo de artesanos en Inglaterra, quienes, al comienzo de la era industrial, a principios del siglo XIX, se quejaron porque las entonces nuevas fábricas con la máquina de vapor y producción en serie los dejarían sin trabajo, en especial en lo que concierne a los telares.  La ropa ya no se necesitaría hacer a mano, por la llegada de las máquinas.

He de aclarar, ellos no fueron los primeros en oponerse a las nuevas tecnologías.  Mitos antiquísimos, como el de Prometeo, recogen la visión de que la invención del fuego fue contraria a la voluntad de los dioses.  Virgilio, en sus Églogas, pintó el mundo idílico previo a la agricultura.  En ese mundo uno sólo extendía la mano y la comida caía abundante sobre ella.  En ese mundo todo era paz y dulzura, y los hombres convivían con los animalitos y el medio ambiente en general.  En sus Geórgicas, Virgilio pintó ya el desarrollo agrícola como un mundo de trabajo extenuado.  Y aunque en su Eneida hable de la gloriosa fundación de Roma, prevé allí los costos del traslado del poder y la complejidad a las urbes.

Ahora bien, que las nuevas tecnologías quitan trabajos, así ocurre en alguna medida.  Dudo que todavía existan los operadores de telégrafo que tecleen la clave morse para escribir en transmisiones eléctricas cada letra.  Ahora basta escribir el mensaje en computadora y enviarlo por internet.  Hoy, por los códigos de barras, están desapareciendo de muchas tiendas las personas que cobran en caja.  Ahora el comprador mismo pasa los productos que compra por el lector del código de barras, y sin necesidad de un cajero humano paga con tarjeta o con dinero que deposita en un cajero electrónico.

Pero la desaparición de un tipo de trabajos va acompañada del surgimiento de otras labores y empleos. Si con la revolución industrial desaparecieron del mapa muchos artesanos, con esa revolución surgió la necesidad de muchos operadores de máquinas.  Es más, con la invención de nuevos productos, han surgido muchos trabajos.  Todavía en la niñez de papá no se usaba papel de baño en los retretes, ahora es casi una necesidad, y para producirlo se requiere de trabajadores que lo produzcan.

El cambio tecnológico por supuesto afecta a quien no se adapta a él.  Un amigo mecánico sabe reparar autos viejos, de los que no tienen circuitos electrónicos todavía.  Hoy ya no tiene clientes porque no aprendió a reparar autos con circuitos electrónicos.  Aunque mi amigo ciertamente no está desempleado porque ha encontrado otras actividades en qué ocuparse, su ejemplo nos muestra que debemos estar atentos al cambio tecnológico para conservar el trabajo y aventurarse en otros nuevos que aparezcan.  Después de todo, se dice, el cambio tecnológico no lo puedes detener.

Pero que no pueda detenérsele no quiere decir que debamos recibirlo acríticamente.

El fuego puede calentar una casa, pero también destruirla.  La agricultura mejoró el abasto de comida pero también incrementó la esclavitud.  La revolución industrial multiplicó los bienes de consumo, pero produjo también una sociedad consumista.  Y afectó las relaciones sociales a punto que el papa León XIII debió defender los derechos de los trabajadores y de las familias en su encíclica Rerum Novarum.

Lo importante aquí es saber distinguir entre la cosa nueva y su uso.  Los anticonceptivos pueden detener el sangrado menstrual abundante, como el de la hemorroísa, y, ciertamente, usarse como anticonceptivos.  Es este uso último el que condena la Iglesia por disociar la unión de los esposos a la función procreadora, y de paso promover la promiscuidad.  La cocaína es un vasoconstrictor utilísimo en las operaciones para recuperar la vista, pero se le usa frecuentemente como droga que atonta.  Por este uso es que se restringe su producción y su venta.

Para concluir, quisiera ofrecer tres recomendaciones:

  1. Ante el cambio tecnológico, la tarea no es atemorizarse por él sino recibirlo con ojo crítico de tal manera que contribuya a nuestro bien en lugar de perjudicarnos.
  2. De ser bueno el cambio tecnológico, démosle la bienvenida y ajustemos nuestro trabajo a los nuevos requerimientos.
  3. El desarrollo tecnológico ha traído una multiplicación de bienes de consumo que parece infinita. Por este consumismo estamos llenando el mundo de basura, es más, de basura nuestra mente y nuestro corazón. De ocurrir así, evitemos el consumismo. Evitemos el adquirir productos y servicios innecesarios.  Y si los adquirimos, hagámoslo con espíritu de pobreza, de modo que podamos desprendernos fácilmente de ellos de requerirlo así la ocasión.