Por Arturo Zárate Ruiz

Hoy, la preocupación de muchos no es tanto que tiremos basura, es considerar que el hombre en sí es basura, un “virus” que enferma el ambiente, una amenaza planetaria.

No es tanto que llenemos los océanos con el plástico de nuestros refrescos, el cual tardará, dicen, millones de años en biodegradarse.  Se nos criticó antes y todavía por envasar nuestros alimentos con vidrio, que no se biodegrada, y aun antes y también en el futuro por usar para nuestro mandado las bolsas de papel, hechas con madera de lo que fueron, aseguran, inmensos bosques.

No es tanto que viajemos en avión y su combustible produzca el agujero de ozono, como también lo provocan nuestros desodorantes y las flatulencias de nuestras vacas, que criamos en sobreabundancia para enfermarnos con su lactosa y encolesterolarnos —¡qué pecado!— con su grasa.  Lo es cualquier combustible, ¡el fuego mismo que nos hipnotiza durante nuestras zooicidas carnes asadas!, ¡fogatas —no se hable de las de las bombillas eléctricas— cuya luz espanta a las luciérnagas en peligro de extinción!, ¡nuestra comida que aun calentada en anafres contamina e impone nuestros gustos a la naturaleza!, pues criar este ganado privilegia una especie sobre otra de animales.  No mencionemos los fertilizantes, los plaguicidas o los transgénicos, la misma y simplísima agricultura uniformiza el campo con unas plantas sí pero otras no, a punto de exterminar estas últimas de la faz de la Tierra.  Tú y yo, se dice, somos inclusive un peligro para el universo entero.  He allí, advierten, la basura espacial de los satélites artificiales ya descompuestos, desparramada más allá de la exósfera.  El problema no es, entonces, que tiremos basura.  Es que somos basura porque, aseguran, todo lo que tocamos lo convertimos en eso.

Preocupaciones así me hacen pensar en madrastras que, en lugar de pedir a los chamacos que se limpien sus zapatos antes de entrar a la casa, les ordenan que ni entren, que desaparezcan.  Me hacen pensar en quienes tiran el niño junto con el agua sucia de la bañera.

Por supuesto, hay que ser limpios, es más, hay maneras de hacerlo.  A principios del siglo XX el río Támesis en Inglaterra estaba más sucio que una cloaca londinense.  Hoy abundan en él todo tipo de peces, los cuales uno no tiene que temer que estén contaminados como para no disfrutarlos al comprar el típico fish and chips.  El hombre es la mejor criatura de Dios, quien dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Que tenga autoridad sobre los peces del mar y sobre las aves del cielo, sobre los animales del campo, las fieras salvajes y los reptiles que se arrastran por el suelo.»  Y nos ordenó: «Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Tengan autoridad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra».  Y nos lo pidió así porque lo natural es que el hombre no se conforme con lo que simplemente le ofrece la naturaleza.  La cultiva, la mejora.  Por ello ha domesticado a muchos animales.  Así ha logrado razas más fuertes y productivas.  Así ha domado a bestias otrora muy violentas y convertido en animales mansos.  Por ello ha practicado desde hace siglos la agricultura.  Las plantas así crecen de la mejor manera y rinden óptimo fruto.

Ya no hay hambre en el mundo por falta de alimentos (el problema es que no se distribuyen bien).  Con la revolución verde que se inició en Sinaloa, se inventaron los híbridos, nuevos fertilizantes, nuevos mata-bichos.   Todo ello permite que los campos sean cada día más productivos.    Como al hombre no le basta, pues, la naturaleza, la mejora con la cultura.  Se mejora inclusive a sí mismo creciendo en virtudes y estableciendo comunidades civilizadas.  Es cierto que hay quienes piensan de otra manera.  Pero de aceptar sus sofismas anti-humanos se nos exigiría que, como changos, trepemos a los árboles.  Es más, aun allí se nos ordenaría no comer de sus frutos porque, ¡qué crueldad!, cortarlos de las ramas podría dolerles mucho a las plantitas.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 3 de septiembre de 2023 No. 1469

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