Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

En su novela Mi querido Mijael, el escritor israelí Amos Oz refiere que su difunto padre solía decir que «la gente sencilla no tiene ninguna posibilidad de inventar una mentira redonda, porque la mentira salta a la vista»; y explicaba que la mentira «es como una gruesa manta demasiado corta: cuando intentas taparte los pies aparece la cabeza, y cuando intentas taparte la cabeza asoman los pies».

Después precisaba su comentario: «La gente inventa una excusa astuta para ocultar algo, y no se da cuenta de que la excusa deja al descubierto una terrible verdad». Nosotros tenemos también un buen número de refranes que enseñan esta misma verdad. Oímos decir: «Más pronto cae un mentiroso que un cojo; y, «Aunque compuesta la mentira, siempre es vencida»; y otro aserto más claridoso: «La mentira tiene las patas cortas», termina siempre cojeando y por tierra.

Esta lectura del novelista nos recuerda la observación de ese extranjero que había visto en su país una telenovela mexicana. Después de ponderar la belleza de la protagonista y el realismo de los intérpretes, se manifestó perplejo ante la «capacidad de mentir» del mexicano. Trató después de justificar su juicio peyorativo, explicando que en cada capítulo se desmentía la mentira del anterior y se terminaba con una nueva mentira, para así tener material para la próxima entrega. Por eso, decía, a ese género televisivo, le llaman «culebrones».

Usted tendrá que hacer muchas precisiones a este juicio sumario y desfavorable, pero es innegable que la mentira suele ser de uso corriente entre nosotros, como lo manifiesta el sinnúmero de referencias a este fenómeno social y moral. Solemos distinguir entre mentiras graves y leves, mentirotas y mentiritas, mentiras piadosas y medias mentiras. Usted podrá completar el elenco si tiene en cuenta las mentiras disfrazadas en expresiones como «valores entendidos» o «políticamente correcto», que encuentran su terreno fértil en la cruda realidad del mercado, de la vida social y de la política.

La mentira, tanto para el israelita como para el cristiano, es una falta moral grave por antisocial. Es uno de los preceptos del decálogo de Moisés que Jesús ratificó y perfeccionó. Su gravedad se fundamenta en la negación de Dios, que es veraz y verdadero.

Dice siempre la verdad. Dios no es mentiroso, ni los mentirosos son de Dios. Porque la mentira no sólo incluye el error o la falsedad, sino la intención de engañar. La mentira lleva siempre una mala intención, lo cual contradice la bondad de Dios, que no quiere el mal de nadie. A Jesús le costó la vida decir la verdad ante el Gobernador. El mentiroso busca su propio bien, salir de un aprieto, a costa del bien ajeno. Es un verdadero autor de maldad y, en esto, emparentado con el Diablo, el «mentiroso desde el principio» y «padre de la mentira», como le llamaba Jesús. Por el Diablo entró la muerte en el mundo y así, el mentiroso «le pertenece», es su agente en el mundo, generador de violencia.

Otra maldad que esconde la mentira es la perversión del lenguaje. La palabra fue dada solamente a los humanos para la convivencia social. Es instrumento de comunicación, no de confusión. «Hablando se entiende la gente», decimos. La gravedad de esta confusión se mide por el ámbito en que se genera. Cuando una persona constituida en autoridad miente, genera la confusión en la medida del cargo que desempeña. Por eso la prudencia es la virtud mayor que adorna al gobernante. Decir y practicar la verdad es asemejarse a Dios y contribuir a la extensión de su Reino. «Lo demás», decía Jesús, «es del Maligno».

Publicado en la edición impresa de El Observador del 10 de noviembre de 2019 No.1270