Se mire por donde se mire, la Sagrada Familia es fascinante. Una Familia constituida por voluntad de Dios.

MARÍA Y JOSÉ

La Virgen no tenía en sus planes el matrimonio (cfr. Lc 1, 34). De acuerdo con las visiones que recibió la beata Ana Catalina Emmerick, «María vivía en el Templo [de Jerusalén] con otras muchas jóvenes…, ocupadas en bordar, en tejer y en labores para las colgaduras del Templo y las vestiduras sacerdotales… Cuando llegaban a la, mayoría de edad se las casaba…

«Cuando María tenía catorce años y… debía abandonar el Templo para casarse, la vi profundamente conmovida, declarando al sacerdote que no deseaba abandonar el Templo, pues se había consagrado sólo a Dios y no tenía inclinación por el matrimonio. A todo esto le fue respondido que debía aceptar algún esposo». Y, en total obediencia, ella «lo aceptó humildemente, sabiendo que Dios todo lo podía, puesto que Él había recibido su voto de pertenecer sólo a Él».

Por inspiración divina, los sacerdotes «enviaron mensajeros… convocando al Templo a todos los hombres de la raza de David que no estaban casados». Entre ellos llamaron a José, que nunca había estado casado «pues vivía muy retraído y evitaba la compañía de las mujeres» pues, como le dictó la Virgen a sor María de Jesús de Ágreda, san José también tenía intenciones de permanecer casto toda su vida.

A pesar de ello, «obedeciendo a las órdenes del Sumo Sacerdote, acudió José». Y Dios manifestó que era el hombre designado para ser prometido de la Santísima Virgen.

UN «SÍ» PERMANENTE

La Sagrada Familia vivió un «sí» permanente a Dios. María dijo en la Anunciación aquel «hágase» (cfr. Lc 1, 38) determinante para la Encarnación del Mesías, y san José, después de darse cuenta de que Ella estaba encinta y de pensar en dejarla en secreto (cfr. Mt 1, 18), obedece inmediatamente a Dios cuando un ángel se le apareció en sueños para disipar sus dudas e instarlo a acoger a la Virgen y al Niño que Ella lleva en su seno (cfr. Mt 1, 20-25).

La propia ida a Belén responde a un designio de Dios que María y José supieron aceptar, en lugar de quedarse en la tranquilidad de su hogar de Nazaret.

Como el Evangelio es apenas un apretado resumen de la vida de Jesús, pareciera que aún estuvieran en Belén cuando José recibe la orden de huir a Egipto con su Familia: «Después que ellos [los Magos de Oriente] se retiraron, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: ¿’Levántate, toma contigo al Niño y a su Madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al Niño para matarle’» (Mt 2, 13).

En realidad no fue así, puesto que san Lucas recoge que «cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor» (Lc 2, 22). Esos días eran cuarenta tras el nacimiento de un varón. Así que, por lógica, salidos de Jerusalén habrían regresado a Nazaret.

La beata Ana Catalina, efectivamente, vio que la Sagrada Familia tenía algunos días de vuelta en Nazaret cuando el ángel se apareció a José y le ordenó que se fueran a Egipto: «Se acercó a su lecho y le habló. José se incorporó; pero como estaba abrumado de sueño, volvió a caer. El ángel lo tomó de la mano y lo levantó hasta que José volvió completamente en sí y se levantó. El ángel desapareció».

José hizo de inmediato los apresurados preparativos indispensables para aquel viaje, y esa misma noche huyó con su Familia rumbo al país africano.

POR QUÉ EGIPTO

Es maravilloso ver cómo san José actúa siempre: jamás discute lo que entiende que es voluntad de Dios. Así, nada le rebate al ángel sino que cree y se levanta. No intenta tampoco modificar el plan que le dicta el Cielo; por ejemplo, no piensa en dirigirse al Este para encontrar refugio seguro en alguno de los países de los Magos de Oriente después de cruzar el desierto interminable. Ciertamente huir hacia el Norte habría sido absurdo; pero ir al Oeste, a Egipto, significaba llegar a una tierra donde no tenían amigos, ni hablaban el idioma ni conocían las costumbres. Pero lo hicieron, y así se cumplió la profecía dada por Dios al profeta Oseas: «De Egipto llamé a mi Hijo» (Os 11, 1).

Los estudiosos estiman que la Sagrada Familia habitó en Egipto cerca de siete años. La beata Ana Catalina dice que cuando volvieron de Egipto a Nazaret al Niño Jesús le faltaban aún tres semanas para cumplir los ocho años de edad.

El retorno también fue inmediato tras que el ángel dio a José la orden de volver: «Hicieron los preparativos con la misma rapidez con que lo hicieron cuando debieron partir para Egipto».

La lección es ésta: que en tranquilidad o en persecución, María y José no tenían planes personales o intereses propios: estaban totalmente al servicio de Dios.

Redacción

TEMA DE LA SEMANA: PERSECUCIÓN A LA FAMILIA CRISTIANA

Publicado en la edición impresa de El Observador del 29 de diciembre de 2019 No.1277