La aparente simplicidad de la doctrina de la Inmaculada Concepción va de la mano de la obvia dificultad de trasladar un tema como éste a una pintura o una escultura.

La Tradición de la Iglesia recoge —por ejemplo, de la boca de san Jerónimo— que María fue concebida por su padres en el templo Jerusalén, bajo la Puerta Dorada, mediante un abrazo. Especialmente entre el siglo XIII y XVI las pinturas y relieves de El abrazo de san Joaquín y santa Ana era lo único que existía como representación artística de este gran misterio de la Inmaculada Concepción. ¿Había acaso modo de incluir en la escena a la propia Virgen?

Durante el siglo XV la presencia de la luna creciente bajo el pie de la Virgen ya comenzaba a hacer referencia a su Inmaculada Concepción; pero fue con Bartolomé Esteban Murillo, un católico español del siglo XVII, que quedó definitivamente establecida y entendida la iconografía clásica de
la Inmaculada.

Murillo comprendió sin ninguna dificultad cómo debía representar en pintura este misterio excelso. Sus cuadros de la Inmaculada Concepción se convirtieron en un resumen ideal de la pureza de María.

Más aún, Murillo pasó a ser conocido como el pintor de las Inmaculadas, al estandarizar los atributos que en adelante permitirían a todos —pintores, escultores y espectadores— distinguir una imagen de María en su advocación de la Purísima Concepción:

Túnica blanca, manto azul, María joven y posada sobre una media luna, mientras que en el fondo de la composición aparece difuminado el brillo del sol.

Pero, ¿por qué la luna y el sol? Por la visión de Apocalipsis 12, 1. Ahí no se especifica en qué fase se encuentra el satélite de la Tierra; pero, a partir de la victoria de Lepanto en el siglo XVI por la intercesión maternal de María, se interpretó la luna creciente a los pies de la Virgen como un símbolo de la victoria de Dios y su Madre sobre la media luna musulmana.

TEMA DE LA SEMANA: EL DULCE MISTERIO DE LA INMACULADA

Publicado en la edición impresa de El Observador del 8 de diciembre de 2019 No.1274