Por José Francisco González González, obispo de Campeche

Hoy hay que remarcarlo. Lo que parecía obvio, ya no lo es tanto. Por eso, la Navidad es un Nacimiento. Celebramos, precisamente, el nacimiento de Jesús, el Hijo de María y de José. San Mateo lo señala escuetamente en 2,1: “Jesús nació en Belén, un pueblo de Judea”.  Es el Hijo Unigénito de Dios y primogénito y único de María.

Cabe poner la mirada en el dato: “Lo envolvió en pañales”. Eso sirve para indicar el cuidado y el amor con el que fue acogido Jesús, y subraya su realidad humana. La Madre envuelve al Hijo, para indicar los condicionamientos, a los que se somete Jesús, incluso a la muerte.

Otro punto de interés para la mirada es el que colocan al Niño en un pesebre. En el pesebre se pone la comida que alimenta. Jesús nace en Belén, que significa “Casa de Pan”. Es decir, Jesús será el Pan de vida que alimente a todo aquél que se acerque a esta comida, que no se acaba. Pues como afirma Juan Crisóstomo: Jesús es el Pan partido, pero no dividido (es motivo de comunión); es Pan comido, pero no consumido (es inagotable).

Pero, también, el pesebre indica la extrema pobreza en que nace el Hijo del Altísimo. El local donde se ubica el pesebre es la casa normal de las bestias y de los animales domésticos. En ese lugar, Jesús recibe el afecto y las atenciones de sus papás. María y José contemplan a Jesús en la simplicidad de su nacimiento.

Otro elemento es la noche que envuelve el Nacimiento. Tiene su aplicación espiritual. A veces, la noche envuelve nuestras vidas. Pero Dios no nos deja solos, sino que se hace presente para responder a los cuestionamientos importantes de nuestra existencia, como lo son: ¿Quién soy? ¿A dónde voy? ¿Para qué y por qué vivo? ¿Qué sentido tiene sufrir? ¿Qué pasa después de la muerte? Para esto, Dios se hizo hombre. Su cercanía, dice el Papa, nos trae luz donde hay oscuridad e ilumina a cuantos atraviesan el sufrimiento.

SIGNIFICADO Y VALOR DEL NACIMIENTO

Este año, el papa Francisco nos ha sorprendido y agradado con una Carta Apostólica (1 diciembre de 2019), para hacernos valorar el signo del pesebre, que pone frente a nuestros sentidos el misterio de la Encarnación, llevado a cabo con sencillez y alegría. El Papa nos invita a seguir “poniendo” el nacimiento en los hogares, centros de trabajo, en hospitales, en las cárceles y en las plazas. Allí se pone en juego la creatividad, la colaboración de todos.

El primero en hacerlo fue San Francisco de Asís en el poblado de Greccio (Italia). Allí estuvieron los frailes y vecinos de la comarca. Llevaron flores, heno, luces. Un sacerdote, ante el nacimiento, celebró la Misa. Así quedó en claro la unidad que hay entre la Encarnación y la Eucaristía.

El Papa escribe en su Carta Encíclica: “La preparación del pesebre en nuestras casas nos ayuda a revivir la historia como ocurrió en Belén… Su representación nos ayuda a imaginar las escenas, estimula los afectos, invita a sentirnos implicados en la historia de la salvación”.

El pesebre es una llamada a seguir a Jesús en el camino de la humildad, de la pobreza, del despojo. Es una llamada a encontrarlo y servirlo con misericordia en los hermanos más necesitados.

El nacimiento del Niño suscita alegría y asombro. La Vida se hace visible (1Jn 1,2), porque Él es imagen visible del Dios invisible (Col 1,15). Finalmente veamos una bella expresión de Ambrosio de Milán, que sintetiza el misterio de la Navidad: “Una Esposa le dio a luz, pero le concibió una Virgen; una Esposa le concibió, pero una Virgen le trajo al mundo”.

¡Feliz Navidad!