Por Jaime Septién

El dicho popular afirma que «la esperanza es lo último que muere». Y hay razón en ello. Pero confundimos esperanza con espera desanimada.

San Pablo nos refiere, sin embargo, que la esperanza cristiana es de otra índole: «esperar contra toda esperanza» era su lema, su convicción. Debería ser igual para nosotros.

Esto viene a cuento porque hoy se conjuga el primer domingo de Adviento y el primer año de gobierno de AMLO. Un ambiente de desesperación recorre las venas del país. Pero sabemos que Cristo vendrá y que en Él hemos de depositar nuestro genuino anhelo de vida.

¿Depositarlo sin hacer nada? Claro que no. Hoy, cuando la torva violencia ataca cada rincón de México; cuando tenemos líderes políticos azuzando a la gente para lograr la división («a río revuelto ganancia de pescadores»), cuando hemos tocado fondo en la brutalidad criminal, la esperanza cristiana se vuelve acción.

En todos lados la gente de fe se pregunta qué puede hacer para mejorar las cosas. A riesgo de parecer disco rayado he de repetirlo: volvernos responsables del liderazgo en la sociedad.

Quiero decir: cambiar el desorden imperante en un orden católico. Si no es posible en las grandes estructuras, sí lo es en la casa con las «pequeñas virtudes» domésticas: cortesía, fidelidad, buen humor, economía, paciencia, perseverancia… Como sucede cuando se lanza una piedra al centro de un estanque de aguas tranquilas, las ondas pronto tocan las orillas.

La virtud es contagiosa. Por eso hay tanta gente que teme (desde Herodes) al Niño Jesús. Belén es la revolución de la esperanza.

TEMA DE LA SEMANA: DONDE NACE LA ESPERANZA

Publicado en la edición impresa de El Observador del 1 de diciembre de 2019 No.1273