Por P. Fernando Pascual

El padre abad se sentó en la computadora y empezó a escribir.

“Te mando un saludo con mis mejores deseos para ti y tu familia. Desde la última vez en que hablamos quería escribirte, pero tuve que pensar un poco antes de elaborar estas líneas.

Me has abierto tu corazón. Sufres por lo que has vivido. Sufres al sentirte solo en tus problemas. Sufres porque donde esperabas consuelo no lo hallaste.

Además, estos meses ha crecido en ti la rabia, que casi se ha convertido en una sed de venganza. Te han hecho daño, y quieres que los culpables paguen y reparen sus injusticias.

Has hablado, has escrito, has preguntado a jueces, has buscado caminos para que tu corazón pueda, en la medida de lo posible, recuperar la paz.

Sin embargo, tu dolor parece aumentar día a día. A veces, porque encuentras puertas cerradas y miradas indiferentes. Otras, porque cuando avanzas hacia la meta de tu victoria, te sientes abatido.

Intuyes, aunque te da miedo esta idea, que el castigo a los culpables no terminará de curar tus heridas. Incluso temes que algo empiece a arruinarse en tu alma.

Porque, lo hemos comentado algunas veces, con el castigo de quienes te dañaron habrá mejorado la justicia, pero no conseguirás borrar lo mucho que padeciste, ni llegarás fácilmente a un paso más difícil que consiste en el perdón.

Hablar del perdón no significa, ya lo hemos discutido, que un culpable quede sin castigo. Es algo mucho más rico, más profundo. Es un bien para ti, que necesitas superar el pasado que te amarga. Y es un bien para quienes te dañaron, pues también ellos sufren internamente por el mal que cometieron.

Ya conoces el Evangelio: “No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados” (Lc 6,37), porque como midamos seremos medidos (cf. Lc 6,38).

Dices que no condenas, que solo deseas que el daño que te hicieron ellos lo sufran en su carne. Pero, ¿de verdad así curamos las heridas? ¿Sirve para algo una venganza basada en la rabia interior que nos destruye?

Queda mucho por decirte, pero seguramente no es el momento. Seguimos en contacto. Ya alguna vez te aconsejé ver una película-documental con ejemplos de quienes lograron perdonar. Se llama “El mayor regalo”. Seguro que te hará mucho bien.

Si Dios nos permite un próximo encuentro, seguiremos en camino. Yo también he tenido que aprender a perdonar, así que comprendo un poco tus dificultades, si bien cada uno vive esas situaciones de modo diferente.

Lo que sí sé con certeza es que, con la ayuda de Dios, será posible dar nuevos pasos para que lo que otros te hicieron en el pasado no arruine tu existencia, sino que llegues a superarlo con un gesto grande, heroico, de perdón.

Saludos a tu familia. Que el Señor te bendiga en tus caminos, y te ayude especialmente en este momento de tu vida. Reza por mí. Rezo por ti. Tu amigo…”