Por Jaime Septién

En enero de 2014 iniciamos la colaboración estrechísima entre El Observador y Nuestra Voz, el periódico diocesano de Campeche.  Como en todo, hemos pasados momentos difíciles y momentos de extraordinaria alegría.  La alegría que da la comunión de objetivos: formar, informar, transformar a los lectores, transformándonos nosotros los periodistas en heraldos de la buena noticia.

El obispo José Francisco González, el padre Ricardo Hernández, William Olivera,  todo el equipo de Campeche nos ha dispensado una acogida sin límites.  Sé el esfuerzo que lleva publicar un semanario.  No, no es fácil.  Y los frutos capaz que ni se llegan a cosechar.  Hay que sembrar tan hondo como sea posible.  Aquí no está la recompensa.

El periodismo católico es una herencia de nuestros antepasados no tan remotos.  Pienso en el “Tío Carlos” (Septién), creador del estilo periodístico auténticamente mexicano; un estilo que no reniega de su catolicismo, ni lo esconde, pero que la impone mediante la fuerza del lenguaje.  Cultura que se hace fe; fe que se hace cultura: tal es el distintivo de lo que hacemos.  Quizá eso no “venda” a los ojos de los que comercian con todo.  Sin embargo, regala un trozo de esperanza.

Quiero agregar algo de lo que apenas si notamos: el periodismo católico propicia el perdón. Está sujeto a las leyes de la caridad, al primado de la misericordia, al reconocimiento del otro como hermano.  Es el cimiento del edificio en el que cabemos todos.  Un tesoro pequeñito.  Un salto gigantesco en el camino de la civilización del amor.

Gracias a toda la diócesis de Campeche: juntos no “haremos historia”: estamos haciendo la Patria que nos legó la Virgen de Guadalupe.  Nada más.