Por José Ignacio Alemany Grau, obispo

Antes de la reflexión de este domingo será bueno que recordemos que la palabra “epifanía” significa “manifestación” y se trata de cómo en el inicio de la vida pública de Jesús se realizaron tres manifestaciones de su divinidad. Nos lo recuerda la antífona de las segundas vísperas de este día:

“Veneremos este día santo, honrado con tres prodigios:

  • Hoy la estrella condujo a los Magos al pesebre.
  • Hoy, el agua se convirtió en vino en las bodas de Caná.
  • Hoy Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán para salvarnos”.

La de hoy es una manifestación de una estrella que descubrieron los Magos cumpliéndose así la profecía de Balaam.

  • Isaías

Es un párrafo bellísimo que les invito a leer y a gustar con profundidad.

El profeta habla de cómo Dios cubre con su luz a Jerusalén y esa luz, como veremos en el Apocalipsis, le viene del Señor. El mismo Señor es la luz:

“La gloria del Señor amanece sobre ti frente a las tinieblas del pueblo. Sobre ti amanecerá el Señor”.

La belleza de Jerusalén atraerá a todos los pueblos que vendrán con sus dones y sus riquezas… como una profecía de la epifanía de hoy. Leemos:

“Todos los de Saba llegan trayendo oro e incienso”.

  • Salmo 71

Es un salmo mesiánico que presenta al Señor reconocido y venerado por todos los reyes y por todos los pueblos.

Podemos ver en este salmo la presencia de los Magos reconociendo en Jesús al Mesías.

  • San Pablo

Alude al llamado de Dios que no es solamente para Israel, sino para todos los pueblos, diciendo:

“Los gentiles son coherederos con el pueblo escogido, de las promesas de Jesús, el Evangelio”.

  • Verso aleluyático

Los Magos proclaman en la capital de Israel la manifestación del Señor:

“Hemos visto su estrella”.

El testimonio que ha visto es válido y son consecuentes cuando dicen: “venimos a adorarlo”.

Nosotros podemos sacar una conclusión práctica: si adoramos de verdad al Señor tiene que ser porque lo hemos visto, movidos por la fe.

  • Evangelio

Los Magos, Reyes Magos los llama la Tradición y hasta con los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar, posiblemente eran unos sabios que se dedicaban al estudio de los astros.

Por este motivo, al divisar en el cielo una estrella muy especial y estudiando los libros de los distintos pueblos, encontraron en la Biblia cómo el libro de los Números (24,17), decía:

“Oráculo de Balaam, hijo de Beor, oráculo del hombre de ojos perfectos: Lo veo, pero no ahora, lo contemplo, pero no será pronto: avanza una estrella de Jacob, y surge un cetro de Israel”.

Los Magos se pusieron en camino y llegaron a Jerusalén.

Cuando la conciencia está sucia, la presencia de Dios causa pánico.

Es lo que le sucedió a Herodes y “a toda Jerusalén” que vivía asustada por los crímenes del tirano.

Herodes como no es hebreo no conoce la Sagrada Escritura.

Pregunta a los sumos sacerdotes y escribas que le dan a conocer la profecía de Miqueas que hoy nos cita San Mateo:

“Y tú Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judea, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel”.

Consta por la historia, la crueldad de Herodes que para engañar a los Magos se hace pasar por un judío piadoso que les dice así:

“Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme para ir yo también a adorarlo”.

Saliendo de Jerusalén, Dios les regala otra vez la presencia de la estrella que habían visto y los había puesto en camino desde oriente.

Entran en la casa (ya no en una cueva) y ofrecen al pequeño sus dones: oro como a Rey, incienso como a Dios y mirra como Redentor.

Sabemos que Dios normalmente quiere que actuemos según nuestro conocimiento y experiencia pero, cuando hace falta como en este caso, Él interviene de distintas maneras, por ejemplo enviando un ángel, del que dice así el Evangelio: “habiendo recibido en sueños un oráculo para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino”.

Aprovechemos la liturgia de esta última semana del tiempo de Navidad para profundizar en las distintas manifestaciones con que Dios quiso demostrar la divinidad de Jesucristo.