Por Arturo Zárate Ruiz

Me da pena admitirlo, pero fui un Grinch en esta Navidad.  Sucede que, como en muchas otras ocasiones, nos reunimos la familia extensa en casa, una familia cada día más amplia por los parientes políticos, amigos, bisabuelos, nietos y bisnietos, pero cada día más pequeña en lo que respecta a los anfitriones: mi esposa, mi hijo y yo.  Llegan los invitados como un huracán y dejan la casa como quedaría tras un terremoto. Eso de limpiarla es muy cansado, y más tras comer como Pantagruel y beber como Gargantúa.  He ahí que los visitantes no suelen ayudar. Ni Hércules, de verse solo, atinaría como lo hizo en los establos de Áugeas.

Por tanto, me dio por hacerla de Grinch.  A la entrada de la casa puse un letrero en que pedía a cada persona que pusiese su propia basura en una bolsota muy visible para todos.  No lo hacían así, por lo cual tuve que recordárselos a viva voz.  Me vieron como si hubiera pronunciado una grosería o estuviera a punto de correrlos.  Me dedique entonces a perseguir a los niños que tiraban la pasta y el puré de papa al piso, y pedirles que recogieran su mugre.  Temo que me consideraron un monstruo esos chavales, no hablemos de sus papás.  Me puse entonces a barrer y a recoger basura aun antes de que disfrutaran del postre.  Pensaron que les decía “lárguense”.  De cualquier manera, se quedaron y abrieron veinte mil regalos, papelitos por allí, por allá y por acullá, envolturas que se acumulaban; creí incluso ver dos tamales y un duende del Polo Norte colgando del techo de la habitación (tal vez Santa Claus quiso visitarnos y al vernos huyó cual si se le hubiese aparecido un muerto).  En algún momento interrumpí la alegría de los que afuera les prendían cohetes a los perritos. Les dije que, como era Navidad, había que decir una oración. A duras penas accedieron.  Al parecer, el Niño Dios medio iluminó a algunos de los invitados, pues nos ayudaron a limpiar la casa antes de irse.

Sin embargo, la ocasión se prestó para que recobrase un ánimo grinchísimo.  Tras limpiar, se llenaron tres bolsas enormes con basura apretada, cada una de más de un metro cúbico de volumen. Si la Navidad es basura, pensé, ¡habría que prohibir la Navidad! Y nada de medidas cosméticas para sólo apaciguar la conciencia, como prohibir popotitos y bolsas de mandado en el súper desde enero.  A prohibir los refrescos que se beben con los popotitos, a prohibir los supermercados.  No son sino multiplicadores de desechos: te empaquetan hasta los plátanos y las mismas envolturas de las envolturas.  Nada de prohibir sólo los envases de plástico, a prohibir todos los productos derivados del petróleo, a prohibir el petróleo, a prohibir los autos, el transporte, y todos los vehículos que tanto contaminan.  A prohibir el papel y los libros, sí los libros, a prohibir la ropa, a prohibir el jabón pues la producción de todos ellos genera muchos tóxicos que se vierten y envenenan los ríos y los océanos.    ¡Ah!, ¡bola de tragones!, ¡a prohibir inclusive la agricultura pues toda agricultura es un atentado contra el medio ambiente por modificar las condiciones naturales en que la flora y la fauna nativa se desarrollan! Si la humanidad es un virus, como dicen algunos ecolonazis, ¡a prohibirla también!

¡Sí!  ¡Si me porto Grinch, he de ser un Grinch radical! Que quien quiera sobrevivir a esta limpieza cave un agujero y se meta en él, y que para comer sólo pape las moscas que se atrevan a acercarse a besuquearlo.

Dejándome de guasas, el lector podrá identificar, al menos, tres problemas: el de la paganización de la Navidad, el de la basura y el de portarse Grinch.

Es cierto que, como dijo la Teresona, “cuando mortificación, mortificación, y cuando perdices, perdices”.  Si vamos a Misa a celebrar el nacimiento del Niño Dios, por supuesto que debemos luego seguir la fiesta en casa y no ser unos amargados.  Hasta la Virgen pidió a su Hijo que sirviese vino en Caná.  Aun así, ¿cuánto, en estos días tan materialistas, pusimos nuestro corazón en la sazón de un asado de puerco en lugar de en Dios?  ¿Cuánto, aun cuando parezca inofensivo, cantamos tonadas sobre Santa Claus, trineos, cascabeles, nieve (que donde vivo se presenta una vez pasado un siglo), en vez de villancicos sobre el Niño Jesús? ¿Cuánto nuestra preocupación fue sobre los regalos, muchas veces inútiles, que recibiríamos, en lugar de regalarnos a los demás con obras de misericordia?

Sobre la basura no quiero detallar mucho. Bastaría decir que cuando niño a los bebés se les daba pecho, no preparados lácteos veganos sin lactosa en cómodos paquetitos para cada ocasión; a los perros se les daban las sobras de comida, no sobrecitos dizque sabor jamón ibérico o filete miñón; las gallinas dormían en los árboles, ponían huevos en sus nidos y, cuando viejas, servían para un caldo, no para salchichas gourmet; sus huevos no se empaquetaban en tetrapac; íbamos a comprar las tortillas a la tienda de la equina a pie, o cuando mucho (cuando por algún ciclón se inundaba la colonia) en lancha, no en una 4X4 al supermercado a quince kilómetros de distancia;  nuestros paseos presumibles eran a la cercana playa, no a La Haya; la Navidad era tiempo para regalar a los hijos calzones nuevos Fruit of the Loom que se intercambiarían y servirían igual para todos, no para conseguir pantalones coquetamente rotos, de diseñador, para que una sola persona los vista una vez en la vida, y presumir así “elegancia” en una fiesta de piñata, ésta llena, por supuesto, no de cacahuates, sino de bombones de chocolate.

Pero ser un Grinch no es la alternativa.  Llegar a esa radicalidad es contraproducente.  Sería como querer terminar con la pobreza matando a los pobres.  Así lo hace ya Planned Parenthood en sus abortorios.  Sería como querer poner fin a los problemas de la humanidad exterminando a todos los hombres: así lo proponen, como ya dije, los ecolonazis (en su propuesta, por supuesto, se exceptúan a ellos mismos).  Para evitar lo contraproducente, no había empezado enero y las autoridades ya explicaban que lo de la prohibición de bolsas de plástico no es total, que se pueden usar para productos perecederos.  De cumplir con la radicalidad de la prohibición se perdería mucha comida que se conserva y transporta en plástico, se encarecería ésta, y sufrirían los más necesitados.  De prohibir de tajo todos los autos para acabar con la contaminación, se perderían no sólo muchos miles de empleos en las fábricas de automóviles, también muchos trabajadores en otros oficios no podrían ir a sus centros laborales por haberlo hecho hasta entonces en un coche.  Por supuesto, se puede promover y mejorar el transporte colectivo, que en la mayoría de las ciudades de México es un desastre.  Pero sólo intentarlo es difícil.  En la zona metropolitana de Monterrey quisieron hacerlo y los concesionarios de transporte suspendieron el servicio por días, y no se pudo doblegarlos.  En Matamoros, donde yo vivo, las mafias de narcotraficantes habrían apoyado con sus metrallas a estos concesionarios.  Las soluciones, pues, no son fáciles.  Y menos mágicas.  Éstas sólo sirven para engañar a bobos.

Pero se debe empezar con algo.  Quizá no sea la mejor medida, pero quitar de la circulación a los autos una vez a la semana, y cerrar las refinerías y fábricas emisoras de humo en la Ciudad de México ha reducido el esmog.  Ya se vuelven a ver las estrellas en la noche y hasta los volcanes, en el horizonte, al amanecer. Desde que cerraron Fundidora y las pedreras cercanas a la zona metropolitana, en Monterrey se dejaron de sufrir las inversiones térmicas que pintaban todo de un color rojo Marte.    Prohibir el uso de bolsas de plástico quizá dé resultados que se aplaudan en unos pocos años en todo México. Es importante entender que no se enflaca a gordos matándolos de hambre.  Una vez sintiéndose muertos, vuelven a los hábitos previos y con mayor fuerza.  Acaban comiendo tres veces lo que ingerían antes.  Para bajar de peso de forma segura hay que hacerlo poco a poco (salvo el pecado: ese sí hay que cortarlo de tajo).

En general, considerando todo esto, habría que adquirir esa virtud evangélica de la pobreza, que la pobreza no es una privación, una pérdida.  Es una ganancia.  Es con ella que aprendemos a poner a un lado los distractores y enfocamos nuestra mirada en lo más importante, en Dios, que será nuestro platillo celestial (que ya lo es en la Santa Comunión).  Seamos como los pastores que por ser pobres supieron reconocer más fácilmente la verdadera riqueza tras el anuncio de los ángeles.  Seamos como los Reyes Magos que dejaron sus riquezas y las pusieron a los pies del Niño, quien es la Riqueza misma.