Por P. Fernando Pascual

Hay quienes están convencidos de haber encontrado la verdad. Hay quienes no llegan a tal convicción, pero aceptan como acertado y valioso un parecer que tiene garantías de estar cerca de la verdad.

Unos y otros, con o sin certeza, pueden persuadir a otros. Un médico que está seguro de su diagnóstico intenta convencer a un enfermo de que siga cierta terapia. Y otro médico no tan seguro también busca convencer a su paciente para que busque otro especialista…

Podemos preguntarnos: ¿por qué tantas veces buscamos persuadir a otros? ¿Qué nos mueve a ofrecer datos, fotos, argumentos, textos, para que algún familiar, amigo o simplemente compañero de trabajo acepte como verdadera una idea?

Las respuestas pueden ser diversas. Buscamos persuadir porque creemos que es bueno para esta persona seguir un consejo, acoger una doctrina, ir a un médico, adoptar un nuevo estilo de vida.

Otras veces buscamos persuadir por un interés personal, que puede ser mejor o peor. En la vida no faltan quienes persuaden incluso para daño del persuadido, por ejemplo cuando un vendedor encandila a un posible comprador de los beneficios (falsos) de este aparato electrónico.

Los que son persuadidos suponen, con o sin fundamento, que quienes buscan persuadir lo hacen desde la verdad y con fines buenos. En ocasiones, esperamos que muchas, la persuasión lleva a mejoras. Otras ocasiones, uno sufre un dramático desengaño cuando descubre que había aceptado algo falso.

Mientras seguimos en camino, deseamos que los buscadores de persuasión sean honestos, serios, respetuosos y, sobre todo, que ofrezcan “buenas mercancías” a quienes acuden a ellos con una pregunta o una petición de ayuda.

Porque en un mundo donde es difícil alcanzar la verdad y donde se mezclan certezas buenas y certezas malas, encontrar a buenos persuadidores permite recibir datos e informaciones que, esperamos, sirvan para evitar engaños dañinos y para acoger ideas fecundas y benéficas para uno mismo y para otros.