Por Miguel Aranguren

Anda el mundo revolucionado con las series de televisión. Muchos adolescentes se van a la cama con el teléfono móvil o con la tableta, incluso a escondidas de sus padres, dispuestos a sumar capítulo con capítulo, serie con serie, hasta rozar el alba o hasta que el despertador rompa a chillar.

Y claro, después caen dormidos en las horas de escuela. También hay esposos que apenas hablan entre sí, cada cual abducido por su serial o por una carretilla de seriales, pues los hay que manejan dos, tres y hasta cuatro y cinco títulos a un mismo tiempo. Y también hay familias que se disgregan por el hogar, cada uno con su dispositivo, en el que se suceden las escenas infinitas de las series de situación.

Claro que también –esto lo tengo experimentado– hay adolescentes, matrimonios y familias que disfrutan de la sana oportunidad de ver juntos uno o dos capítulos frente a un mismo televisor, dichosos de compartir el ocio.

Como si recordaran la predicción que hizo san Juan Pablo II en Cruzando el umbral de la esperanza, el libro entrevista en el que, parafraseando a Malraux, el Papa subrayó que los siguientes cien años vendrán condicionados por la espiritualidad (sin referirse necesariamente al anhelo de Dios ni a la esperanza en Jesucristo y su Iglesia), las productoras que costean las carísimas series de televisión han decidido pescar en ese caladero, por más que inviertan su dinero en auténticos disparates.

La Iglesia católica es como un saco de arena a disposición de una multitud de boxeadores. Algunos dirán que los golpes se los ha ganado a pulso, y no les falta razón, pues los gravísimos pecados de obispos, sacerdotes y religiosos, conocidos y aireados en los últimos años, bien merecen el descrédito como purificación. Los abusos sexuales, los excesos de autoridad, la estrategia del silencio y el encubrimiento son un zarpazo de Satanás al que los emperadores del showbussines están sacando hasta la última viruta. Otra cosa es que sus producciones reflejen la realidad, sobre todo cuando hacen de la parte un todo. Sí, un solo caso es más pesado que la piedra de molino con la que Jesús nos sobrecoge al referirse a los escandalizadores de inocentes, pero una cosa es dramatizar la realidad y otra filmar una calumnia dividida en temporadas.

A todas esas ofensas que nos avergüenzan se suman las mías, así como las de todos los hombres que se reconocen débiles y limitados por el mal. Pero sabedores de nuestra miseria, también somos conscientes de que la Iglesia ha sido bendecida, muy especialmente durante los últimos cien años, por Pontífices santos, pastores ejemplares en su vida y en su reinado que se adelantaron a las necesidades de los hombres de su tiempo, avivaron el debate teológico, defendieron a las víctimas de las barbaries totalitarias y bélicas, advirtieron acerca del vacío de estos tiempos, en los que el ser humano es víctima de su propio individualismo, y salieron por el mundo para unirse a los más necesitados y los oprimidos, a quienes brindaron la voz de Dios.

Nada hay más lejano al gobierno de la Iglesia que esa colección de series que identifican el papado con una fuente de escándalos: sumos pontífices sin fe, cautivos de toda la colección de pecados capitales, ambiciosos hasta la repugnancia, envidiosos, enfrentados al mismo Cristo, decididos a acabar con la Iglesia.

Son ficciones ofensivas para quienes creemos en la divinidad del primado; ofensivas para los millones de hombres y mujeres, cristianos o no, que tienen en el Papa un valido de paz que se implica en la sanación de su dolor y de la humillación causada por quienes, fuera ya de toda ficción, dominan los hilos de este mundo, también a los mandos del negocio televisivo.

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Publicado en la edición impresa de El Observador del 9 de febrero de 2020 No.1283