Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

Cuando los cristianos hablamos de conversión queremos decir vuelta atrás. ¿A qué dirección perversa nos encaminamos, que tenemos que desandar el camino? Porque no se trata sólo de retroceder, sino de invertir la dirección y cambiar de destino. Al referirnos al camino de la vida, buscamos volver a nuestro origen para darle el sentido correcto, pues andamos equivocados.

Afirmar esto es muy grave y eso es lo que se atreve a proponernos la Cuaresma. No es sólo cambiar de dieta sino de reorientar nuestra vida por otro camino. ¿Cuál es éste? ¿Cuál es nuestro destino? El destino lo marca el origen, y ahora no sabemos bien a bien cuál es éste. Los animistas sostienen que es el espíritu que ronda por la selva; los científicos dan un salto de siglos y nos dicen que es el big-bang; los indigenistas y antropólogos nos recuerdan las antiguas cosmogonías de luchas entre dioses, y la Biblia nos dice, en su primer renglón, que «al principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gn 1,1). Guiados por ella, los católicos profesamos así nuestra fe: «Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra»: de todo lo que existe.

La creatura reclama a su creador. Aquí es donde la dificultad crece y hasta se agiganta para el hombre moderno. No faltan animistas que ponen este origen en el espíritu que ronda el bosque: otros, los politeístas, en dioses semejantes a nosotros con pasiones, amores y pleitos; y ahora los científicos, con su inmenso aparato científico y matemático, lo ponen en el big-bang, explosión colosal con la cual parece que todos quedan contentos.

¿A cuál de ellos nos vamos a convertir, para reorientar nuestra vida hacia su auténtico destino? Si nos ponemos a analizar todas estas propuestas, tan respetables como generosas, ninguna de ellas trasciende el horizonte de lo creado.

Ninguna supera la estatura de la naturaleza. Con diversa y contrastante vestidura disfrazan su materialidad, de modo que son incapaces de responder a la sencillísima pregunta: ¿y, eso, de dónde vino? ¿qué hubo antes?

La pasión del hombre por descubrir su origen lo ha ocupado y perturbado siempre, y lo seguirá inquietando sin cesar. El gen de toda creatura está en su creador, porque nadie puede renunciar a su propio origen. Así de sencillo y de comprometedor. Y mientras la creatura no se reconcilie con su creador, será siempre un ser perdido en el espacio, no sólo exterior –extra-vagante-, sino en su interior, pues sólo en Dios puede encontrar reposo su alma. El ser humano no sólo es religioso, sino que es religión.

¿Qué ofrece, qué propone la Iglesia para solucionar este asunto vital del sentido correcto y satisfactorio de nuestra realización final? ¿Cuál es el «principio y fundamento» del cual depende nuestro ser y destino? Responde san Ignacio que el hombre fue creado para «dar gloria a Dios y así salvar su alma», fórmula inspirada en la respuesta de Jesús al Tentador: «Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás». Para convertirse no basta el big-bang, ni volver a la selva, ni consultar el zodiaco. Para leer el primer libro de Dios, la creación, y encontrar a su Creador, tenemos el segundo libro, la guía que Él nos dio: la Biblia.

Quien se acerca a ella con corazón sincero, encontrará el camino que conduce a Él. Aprenderá a descubrir a Dios en la creación, a respetarla, a amar a los hermanos y a adorar a su Creador. Esto es lo que entiende y ofrece la Iglesia cuando habla de conversión, inicio del camino a la salvación.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 15 de marzo de 2020 No.1288