En el año 1650 una epidemia de cólera asoló la ciudad de Benicarló (Valencia, España). Hubo muchas víctimas mortales.

Se acercó al puerto un barco de bandera turca. En las mazmorras de la embarcación viajaba un prisionero italiano llamado César Cataldo, que había sido hecho prisionero por los musulmanes, y a quien pensaban vender como esclavo en cualquier puerto dominado por los moros. Pero como no había viento, el barco no podía moverse.

César Cataldo tenía consigo una imagen de talla de un Cristo crucificado, que por alguna supersticiosa razón se habían llevado los moros con ellos. Pasados los días. el prisionero cristiano tuvo una inspiración:

Le dijo a sus captores musulmanes que aquel Cristo no les iba a dejar marchar de aquel lugar si no lo desembarcaban con él en tierra cristiana. Los moros aceptaron la propuesta y lo desembarcaron con un bote a él y al Cristo en la playa de Benicarló, desde donde los lugareños hacían señas a los forasteros advirtiéndoles de la epidemia.

Pero cuando al acercarse el bote vio la gente la imagen del crucificado, todos cayeron de rodillas y, entre lágrimas y oraciones, organizaron una espontánea procesión hacia la iglesia parroquial. Y allí el sacerdote exhortó a la multitud angustiada y enferma: «¡Arrepentimiento y confesión es lo que pide el Cristo, que ha venido del mar! ¡Que Él libere a este pueblo del cautiverio del pecado y de la peste del error!».

La epidemia desapareció de repente, los contagiados recobraron la salud y el viento sopló, llevándose el barco de los moros.

Desde aquel día, cada año, la ciudad de Benicarló procesiona desde la capilla del Cristo del Mar en el puerto hasta la iglesia parroquial, donde se realiza una novena la semana anterior al Domingo de Ramos, cuando se devuelve en procesión otra vez el Cristo a su capilla.

TEMA DE LA SEMANA: LOS SANTOS QUE TRABAJARON POR LA SALUD

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 22 de marzo de 2020

No.1289