La Palabra de Dios proclama en el salmo 91: «Tú que habitas al amparo del Altísimo y resides a la sombra del Omnipotente, dile al Señor: “Mi amparo, mi refugio, mi Dios, en quien yo pongo mi confianza”. Él te librará del lazo del cazador y del azote de la desgracia… No temerás… ni la peste que avanza en las tinieblas, ni la plaga que azota a pleno sol.

«Aunque caigan mil hombres a tu lado, y diez mil a tu derecha, tú estarás fuera de peligro… La desgracia no te alcanzará ni la plaga se acercará a tu tienda…“Pues a Mí se acogió, lo libraré, lo protegeré, pues mi Nombre conoció. Si me invoca, Yo le responderé, y en la angustia estaré junto a él… Alargaré sus días como lo desea, y haré que pueda ver mi salvación”».

Dios ha hecho esto mismo infinidad de veces, aunque el ser humano no siempre esté plenamente consciente de ello.

Es cierto que hay gente buena y entregada a Dios que muere en las epidemias, igual que en otras enfermedades y acontecimientos; pero en tal caso es que simplemente ya era su hora de salir de este mundo, pues «Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito» (Romanos 8, 28).

El amor misericordioso de Dios interviene a favor de los enfermos de diversas maneras, comenzando por la labor cotidiana pero a menudo heroica —especialmente durante las epidemias— de los médicos, enfermeros, radiólogos, auxiliares de enfermería, etcétera, así como por los descubrimientos científicos.

Otras veces la intervención es sobrenatural, ya sea por intercesión de los santos o, bien de la mismísima Madre de Dios, la Santísima Virgen María. Esto lo vio México desde que comenzó a formarse.

Así, Juan Bernardino, tío de san Juan Diego, en diciembre de 1531estaba muy enfermo, pues había contraído la enfermedad denominada cocoliztli. No es muy claro si este mal epidémico, que mató a entre 15 y 30 millones de nativos entre 1519 y 1600, consistió en una sola cosa o en varias, entre las que se incluyen la viruela, el sarampión, una fiebre hemorrágica viral de origen desconocido, o una infección bacteriana por Salmonella paratyphi, como supone un estudio publicado en 2018.

Pero el hecho es que la Virgen María se le apareció al ya moribundo Juan Bernardino y lo sanó. Éste sería el primer milagro que Santa María de Guadalupe realizaría conforme a lo que dijo a san Juan Diego Cuauhtlatoatzin:

«Bien quiero, mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada, para allí mostrar, manifestar, dar a la gente todo mi amor, mi compasión, mi auxilio, mi defensa; puesto que yo soy la compasiva Madre de ustedes, tuya y de todos los de esta tierra, todos ustedes en conjunto, y de los demás de diversas naciones de gente, mis amadores, que a mí clamen, me busquen, que en mí confíen; porque allí los escuche en su llanto, su tristeza, para remediar y curar todas sus miserias, sus penas,

sus dolores».

La poderosa intercesión de la Virgen de Guadalupe se ha visto en muy diversas ocasiones. Por ejemplo:

  • En 1554 una epidemia inició en México, matando a 12 mil personas. Ante esto y sin cura aparente, los fieles acudieron a suplicar la ayuda de la Virgen de Guadalupe en una oración que corrió desde el convento de Tlatelolco hasta el Santuario principal en el Tepeyac. Al día siguiente la epidemia comenzó a menguar y pronto acabó.
  • En 1633 una epidemia de «tos chichimeca» —tosferina— arrasó en México. La imagen de la Virgen de Guadalupe fue sacada en procesión por las calles de la capital para erradicar la enfermedad y, efectivamente, se aplacó dicha peste.
  • En 1695, una peste que fue llamada de «tabardillo» —también llamada matlazahuatl, «tavardete» o «tabardillo mexicano», y que correspondería a un tifo epidémico— cesó después de una novena que le rezaron a la Virgen de Guadalupe.
  • Hubo también una epidemia de cólera en el siglo XVII en México, aunque no existen registros exactos del año. El hecho es que se rezó un triduo en honor de la Guadalupana y el problema cesó.
  • De 1736 a 1737 más de 40 mil personas murieron en México por una epidemia de fiebre tifoidea, y en la desesperación se nombró a Nuestra Señora de Guadalupe patrona del país. Ese día era el 23 de mayo de 1737 y nadie murió.

Por supuesto, no sólo en la advocación de Guadalupe la Virgen Santísima cuida de sus hijos. Por ejemplo, como la Madre Santísima de la Luz,santa patrona y protectora de la ciudad de León, Guanajuato, fue invocada contra la peste de cólera de 1784: en agosto, ante la gravedad de la plaga, a pesar de las medidas higiénicas tomadas, el párroco hizo en nombre del pueblo el voto de solemnizar anualmente los tres días precedentes a la fiesta de la Asunción de María cantando públicamente las letanías lauretanas. Y entonces el cólera cesó inexplicablemente.

Redacción

TEMA DE LA SEMANA: LOS SANTOS QUE TRABAJARON POR LA SALUD

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 22 de marzo de 2020 No.1289