Por P. Gabriel Álvarez Hernández

Así reza el salmo 93 en el versículo quinto: “la santidad es el adorno de tu casa”.

La santidad es habitar en la casa de Dios y ser habitado por Él, por su hermosura, permitiendo su presencia en cada recóndita parte del propio ser para que cada rincón quede bañado por su gracia infinita.

Para este momento nos encontramos ya muy adentrados en el mes de noviembre y, emocionados por las próximas fiestas, fácilmente podemos olvidar que en este mes se acentúa el trabajo por la santidad personal, incluso lo hemos iniciado con la fiesta de todos los santos.

Es muy conveniente la pregunta, ¿cómo vamos en el proceso de santidad? Y es que la revisión sobre cosas tan importantes no se deja al final, la evaluación es una práctica transversal, atraviesa los diversos momentos del proceso, desde el inicio hasta el fin.

La vocación a la santidad es universal y se sustenta en otro llamado, el de la vida. El sacerdote está llamado a ser santo, pero también el niño y el profesionista, el anciano y el ama de casa, el estudiante y el que está casado y cada uno desarrolla ese llamado en una vocación particular.

Para ser santo es necesario invitar y recibir humildemente la gracia de Dios y cooperar con nuestros esfuerzos para dejarnos transformar por Él. No se trata de hacer todo bien, de ser perfecto, alcanzar una meta o unos valores determinados; sino de luchar por vivir cada día más unidos a Dios.

Y, si no somos santos ¿Qué pasa? Pues no pasa nada… y eso sería una desgracia porque no pasaría nada del proyecto que Dios soñó cuando nos ha creado. Evaluemos nuestro proceso y, sin importar cuál sea el resultado, pidamos a Dios su gracia para reemprender constantemente el camino que nos conduzca a desarrollar plenamente la vida teniendo como eje cardinal su santa voluntad.

 

Publicado en Semanario Comunión Querétaro

 

Imagen de Maria Paula Campisi en Cathopic


 

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