Por Marcela Palos

La ideología de género fragmenta a la persona y su dignidad

La persona humana requiere una visión integral, una mirada antropológica adecuada que la perciba en todas sus aristas, sin olvidar alguna.

Eliminar algunos aspectos o esferas que la conforman sería lo equivalente a mutilarla, para poco a poco extinguir su propia naturaleza y esencia. No se puede destruir la naturaleza humana sin destruir a la propia persona.

En la actualidad una distorsionada aplicación y enfoque del género ha suscitado la mala anticultura o ideología gender. Misma que fragmenta a la persona humana exterminando el hecho de su ser sexuado. Convirtiéndola en un ser amorfo, ambiguo y fluido. Arrebatándole la definición de su ser sexuado en su naturaleza, ya sea femenina o masculina. Lo indefinido es el nuevo «chic» en la sexualidad, destrozando por tanto el propio concepto de sexualidad, la diferencia entre varón y mujer. Las condiciones fisiológicas y psicológicas correspondientes a cada uno.

Se pretende pagar el altísimo precio de «reinventarse» cada día en nuevas formas amorfas como una venganza, ya no solo contra Dios sino contra su propia corporeidad. No es solo la visión antropológica posmoderna la que resulta mutilada, sino los propios cuerpos de aquellas personas que, engañadas en alcanzar una plena libertad sobre su cuerpo, lo destrozan y mutilan estando sano, al someterse a operaciones transgénero. Lo curioso es que estamos en un mundo que en apariencia protege la ecología y ha decido llevar dietas orgánicas y veganas, por protección del medio ambiente. Más sin embargo es incapaz de respetar su propia ecología corporal humana. El precio a pagar es la salud física y emocional.

El adoctrinamiento ante el cual nos encontramos resulta avasallador. Desde preescolar hasta universidades y hogares, usando el sistema educativo y la orquesta mediática, el mensaje se repite: inconformarse con su naturaleza y alterarla al costo que sea necesario. Desde operaciones estéticas (cambiar el rostro y el cuerpo para ajustarse a los cánones de belleza establecidos por Hollywood y demás medios), transgénero (alterar la apariencia sexual/fenotipo del cuerpo por medios quirúrgicos y hormonales), hasta transhumanistas (se busca robotizar a la persona, trasplantándole tecnología en sus órganos para hacerla invencible e inmortal, o casi). Reduciendo así a la persona, ni siquiera a su cuerpo, a materia, sino a un capricho ideológico, inventado por alguien más. Sus fines perversos son manipular y reducir de la población con el bono de un darwinismo social, donde solo aquellos capaces de alterarse podrán subsistir.

La dignidad de la persona humana se encuentra nuevamente atacada por esta visión miope, inadecuada y reducida que la fragmenta y cosifica. Por ello es importante recordar que la persona fue creada para amar y ser amada, nunca usada, sino vista con toda su dignidad. No puede ser reducida a placer sexual o a la terquedad ideológica de unos cuantos.

Como Iglesia necesitamos despertar para proteger con fuerza a las familias, niños y jóvenes, de este adoctrinamiento ideológico obsesionado con eliminar las diferencias entre varón y mujer. Justamente de esa diferencia surge la vida.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 8 de marzo de 2020 No.1286