Por Josefa Romo

Impresionante la soledad del Papa en su Adoración y Bendición Urbi et Orbi del 27 de marzo desde la plaza de San Pedro. Paradójico: solo y muy acompañado; quizá, como nunca. Paradoja de la Fe que agradecemos, también, a las modernas comunicaciones. Millones de personas de todo el mundo fijaron sus ojos en el Santo Padre y en el Crucifijo Milagroso de San Marcelo, que Francisco besó conmovido por la pandemia del COVID-19 y esperanzado.

Cuando la desgracia atenaza a los hombres, a veces, éstos vuelven los ojos a Dios. Como los apóstoles en la tempestad, clamamos: “Sálvanos, Señor, que perecemos”.

En la Biblia, encontramos relatos de hechos calamitosos predichos por los profetas, a los que la autoridad y el pueblo ninguneaban, y otros en que la ira divina no descargó su Justicia porque escucharon a los profetas, se arrepintieron de sus maldades e hicieron penitencia. En la Biblia, se repite que “Dios es clemente, lento para la ira y grande en misericordia”. Cuando Jonás sufría porque no llegaba el castigo, Dios le respondió: «¿No debería yo sentir lástima por Nínive, la gran ciudad, en la cual existen más de ciento veinte mil hombres …, además de muchos animales domésticos?«. Hoy, ante la pandemia, muchísimos, con esperanza, imploran perdón y piedad al Señor, Dios Justo y Clemente.