Por P. Fernando Pascual

Estamos acostumbrados a planear nuestro tiempo. Lo que haremos en la mañana, en la tarde, antes de acostarnos. Lo que será nuestro plan para la próxima semana, para el verano, para el año que viene…

Cada plan supone que la vida seguirá su camino apaciblemente. Al menos, todo parece indicar que no habrá sorpresas, que el tiempo quedará a nuestra disposición durante horas, días, meses…

Un sano realismo nos desvela ese misterio de la muerte que puede ocurrir en cualquier momento, incluso el más inesperado. Basta con un pequeño resbalón para que llegue ese momento decisivo.

Es cierto que casi siempre la mirada hacia el futuro permite alcanzar metas y realizaciones concretas (no siempre las que habíamos planeado). Pero también es cierto que el horizonte está lleno de incertezas.

Por eso, a la hora de tomar decisiones, es importante recordar lo que ocurre tras la frontera de la muerte, lo que nos espera cuando cese el continuo caminar lleno de incertezas humanas, porque existe una certeza inconmovible: un día dejaré esta tierra.

Lo que ocurra tras la hora de la muerte se convierte, entonces, en el criterio fundamental para valorar lo presente. Muchas acciones tienen un valor humano innegable. Pero solo adquieren su sentido auténtico cuando nos ayudan a pasar la frontera, cuando nos preparan al encuentro definitivo con Dios.

Ante la muerte se plantean de modo adecuado las grandes cuestiones humanas. Se mejora la perspectiva sobre el pasado y el presente. Se redimensionan las preocupaciones por lo inmediato. Aumenta el deseo de tener listo el corazón para la hora decisiva.

Pueden surgir diversas preguntas sobre el estado de nuestra vida presente: ¿estoy en el camino correcto? ¿Necesito rectificar la orientación de mis pasos? ¿Tengo ese amor, esa caridad, que se pide para entrar en el Reino de los cielos? ¿Mantengo rencores que no he llegado a superar con un gesto verdadero de perdón?

Esas y otras muchas preguntas necesitan un tiempo de pausa en el frenesí de nuestro mundo inquieto. No podemos dejar que la corriente nos arrastre. No podemos vivir atrapados por lo inmediato.

Junto a tantos hombres y mujeres del pasado y del presente, miramos a Cristo, que ha triunfado sobre el pecado y la muerte, y le preguntamos, como aquel joven del Evangelio (cf. Mc 10,17): Jesús, Maestro bueno, ¿qué he de hacer para conseguir la vida eterna?