Por Jaime Septién

Es sintomático del estado de cosas en el que se mueve el mundo de hoy. China, de donde salió el virus que ahora tiene arrinconado al mundo, ha sido uno de los países que más persigue a los cristianos. Concretamente, a la Iglesia católica. Han sacado al Dios verdadero con una violencia que atestiguan gran cantidad de obispos encarcelados y creyentes puestos en fuga.

Y también es sintomático que el Papa Francisco –aun a despecho de quienes se oponen a todo lo que no sea su propia opinión— se haya empeñado en iniciar relaciones de la Iglesia con el gigante asiático: tenía –y tiene— en mente que el futuro de la humanidad está sembrado de puentes, no de muros ni murallas; que el futuro de la paz mundial es el respeto a la libertad religiosa.

Cuando se reunió con los luteranos en el 500 aniversario de la Reforma (otra gran ocasión para que los cuadrados gritaran a voz en cuello), Francisco disparó un dardo cargado de futuro: las diversas religiones debemos orar a Dios y realizar acciones conjuntas de caridad.

La pandemia del coronavirus nos está enseñando la amplitud de esta doble sentencia papal: la humanidad, atenazada por el miedo al contagio, reza buscando sosiego al tiempo que intensifica –en el ámbito local— actos de caridad con los invisibles que el virus ha vuelto visibles: los marginados, los migrantes, los refugiados, los indígenas, los discapacitados, los descartados del “progreso”.

En un de pronto (apenas han bastado cuatro meses) nos dimos cuenta de que Dios estaba al lado de nosotros; en el crucero, pidiendo una ayuda para llegar a la frontera con Estados Unidos; en la soledad de la anciana que carga su huacal de flores para sacar algo de dinero y llevarlo a sus nietos abandonados por su papá; en el sacerdote aquel que criticábamos por sus homilías y que ahora lo vemos batirse en la primera línea de la enfermedad, buscando aliviar el alma de los caídos…

Dios estaba ahí, pasando al lado de nosotros, en Wuhan o en la esquina de enfrente de nuestra casa. No lo veíamos. Quizá orábamos a un Dios abstracto, justiciero, a modo. Hoy ya no es posible. Como dice la canción: “Dios está aquí”. Ahora sí que lo vemos.

TEMA DE LA SEMANA: ¿DÓNDE ESTÁ DIOS EN ESTA PANDEMIA?

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 26 de abril de 2020 No.1294