Por Tomás de Híjar Ornelas

A diario estaba en el templo con ustedes y no me echaron mano. Pero ésta es su hora, cuando mandan las tinieblas. Lc 22,53

Como redacto esta columna el Jueves Santo del 2020, que es como decir en el marco de la cuarentena que nos ha impuesto la pandemia del COVID-19 en esta Semana Santa,

quiero aludir a uno de los ángulos más agudos de la última cena de Jesús con sus apóstoles, el único acto sagrado que presidió, según las noticias que tenemos, pero no sin antes lavarles los pies a los comensales, Judas Iscariote entre ellos, del que san Juan nos dice que era ladrón y, no obstante eso, el ecónomo apostólico.

Sin embargo, que él haya negociado poco antes, cuando fue a tratar con los sumos sacerdotes y los oficiales la manera de entregar a su Maestro (Lc 22,4) y que hasta haya negociado un precio por hacerlo como tantas veces lo hizo en la plaza –“¿Cuánto están dispuestos a darme si se lo entrego?–, no debe hacernos olvidar que quienes tasaron la libertad y la vida del Hijo de Dios, y aún regatearían por ella, fueron los responsables del culto judío hace 2000 años.

Treinta monedas de plata ni entonces ni ahora eran una fortuna, pero sí una bonita cantidad, y lo siguen siendo para los sicarios de nuestro tiempo, según nos enteramos con horror cada día…

Botándome el símil para aplicarlo a lo que nos está ahora pasando, me atrevo, como ministro ordenado, a ver desde este filtro la forma blanda en la que he vivido mi ministerio, haciéndome cómplice, pasivo o activo, del capitalismo mercenario, a cambio de disfrutar de lo que fue la motivación suprema de los que maquinaron la muerte de Jesús: “¿Qué hacemos? Porque ese hombre realiza muchas señales. Si lo dejamos seguir así, todos van a darle su adhesión y vendrán los romanos y quitarán de en medio nuestro lugar sagrado e incluso nuestra nación” (Jn 11, 47-48).

Esta forma de entender el sentido de “nación” es idéntica a la que usan ahora mismo los paladines del capitalismo en su versión dura: Donald Trump en los Estados Unidos y Boris Johnson en el Reino Unido, por citar el caso de dos capitanes de embarcaciones que se creían buques pero que en el océano fragoroso de la ecología les está pasando lo que al tristemente célebre Titanic, que incluso por su grandeza terminó siendo más vulnerable que la frágil nave de la que Jesús era tripulante cuando, ante el estupor de sus discípulos, se quedó dormido, debiéndolo éstos interpelar con acrimonia, como ahora lo hace la humanidad, según acaba de recordarlo el Papa Francisco: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” (Mc 4,38).

Es la hora de la ecología, nos dice con absoluto énfasis desde hace mucho el sucesor de Pedro. Y la inminencia de la Pascua de Resurrección de este 2020, a despecho de los criterios mundanos y materialistas que se han apoderado incluso del ministerio de no pocos administradores de los sacramentos, a eso nos mueve, hoy o nunca.

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 12 de abril de 2020 No.1292