Por P. Fernando Pascual

Había llegado a Italia la epidemia del coronavirus. En febrero de 2020, habían sido identificados pocos casos en el Norte de Italia. Un deseo grande de controlar la situación se unía al miedo por algo desconocido que podría explotar en todas partes.

En marzo la situación se hizo alarmante. El gobierno tomaba medidas extremas para contener al terrible Covid-19. Pero los contagiados y los muertos aumentaban de día en día. El 10 de marzo, prácticamente Italia quedó paralizada.

Empezó a girar una frase para infundir ánimo a la gente: todo irá bien (“andrà tutto bene”). Era un grito, un deseo, de los corazones: ahora nos toca hacer sacrificios, pero veremos un resultado positivo, y nos sentiremos contentos del esfuerzo realizado.

“Todo irá bien”: ante tantas pruebas de la vida, grandes (una pandemia) o pequeñas (una pelea entre hermanos que no sabemos cómo superar), deseamos que todo termine, que llegue la paz, que vuelva la normalidad.

Queda, sin embargo, un miedo en el corazón: ¿y si no irá todo bien? ¿Y si se complican las cosas? ¿Y si el virus hace una mutación más agresiva? ¿Y si suben los intereses y no hay modo de pagar la hipoteca del próximo mes?

Es cierto que muchos problemas podemos solucionarlos con medicinas, con ayudas, con un esfuerzo especial, con serenidad y prudencia. Pero también es cierto que hay situaciones que nos superan, hasta llegar a momentos dramáticos.

Los cristianos tenemos una certeza que no está en un futuro deseado (“todo irá bien”). Esa certeza se basa en un pasado que sigue vivo entre nosotros: “todo acabó bien”, el final feliz ya ha ocurrido entre nosotros.

Eso es la Pascua: es descubrir que más allá de la maldad, la injusticia, la traición, el pecado, la muerte, Cristo ya ha vencido, porque la tumba no podía asfixiar al Señor de la vida, al Hijo del Padre e Hijo de María.

Esa es la gran esperanza cristiana. Podrán ocurrir grandes desgracias, podrá aumentar el mal en el mundo, podrá difundirse una nueva epidemia, más terrible que las anteriores. Pero Cristo está vivo, intercede por nosotros, nos prepara un lugar en los cielos.

Por eso no solo decimos “todo irá bien”, pues añadidos que ya ahora todo va por el buen camino si nos unimos a Cristo en una muerte semejante a la suya para participar plenamente, gloriosamente, en su resurrección (cf. Rm 6,1-11).