Por José Francisco González, obispo de Campeche

En el mes de mayo, celebramos el “Día de la Madre”. Una fecha muy estimada en la cultura mexicana y campechana, por la gran importancia real que se le da a la mujer en la vida social, religiosa y económica de la sociedad.

Este año, no se podrán hacer grandes ni concurridos festejos. Todo, para no favorecer que la curva de contagio se incremente de modo exponencial. Bueno, al menos, eso nos dice que contribuye para bien. Por eso, seguiremos con la “jornada de la sana distancia”. Pero ya hay visos de una gradual apertura de esa rígida medida, en poco tiempo.

Por eso, en este espacio revaloraremos a la mujer-madre. De entrada, tengamos en cuenta la afirmación del Papa Francisco: “Una sociedad sin madres no sería solamente una sociedad fría, sino una sociedad que ha perdido el corazón, que ha perdido el “sabor a hogar”.

SANTUARIO DE LA VIDA

Toda mujer es un espacio de vida abierto y/o un espacio abierto de vida. Toda mujer es susceptible de ser portadora de vida. La mujer guarda, protege y alimenta la vida recibida. El cuerpo de la mujer está diseñado para ser habitado por otro ser (el hijo).

Hay una convicción muy firme de que el matrimonio y la maternidad son una vocación, que le viene dada a toda mujer de parte de Dios, y que se debe cumplir y llevar adelante por amor a Dios, y bajo la guía e inspiración divinas. El seno materno de la mujer es la primera morada de todo ser humano. El hombre engendra fuera de él; la mujer concibe en su seno. Es por ello que en el amor, ella se experimenta como hospitalaria, él se percibe como conquistador.

Los íntimos intereses y necesidades verdaderamente maternos son: proteger, custodiar, tutelar, nutrir y hacer crecer la vida. Es por eso, que esos dones la hacen apta para cuidar y educar a los hijos, pero también esas características atienden a las necesidades del esposo y de todos los seres que se encuentran en torno a su ambiente.

El tiempo del embarazo está abierto a una pluralidad de lecturas: la parábola de la vida en común en un mismo espacio, puede ser una carga pesada o un peso de gloria. Todo depende del amor y de la libertad por el cual y a través del cual se llegó a asumir el ser habitación del otro.

En el momento del nacimiento hay un movimiento de salida y de entrada; un pasaje, real y simbólico a la vez. El niño deja el espacio protector del vientre de la madre para entrar en el mundo. Es un momento grave, de riesgo. Nacer a la vida puede costar la vida de la madre o del niño. Pero hay que asumir el riesgo, porque si el nacimiento no tuviera lugar, las dos vidas se perderían. Para las mamás, dar la vida es con riesgo de perder la suya propia.

Una vez que el niño nace, ahora empieza su crecimiento. Ocupa nutrirse. De nuevo, allí está la mujer madre, quien será capaz de nutrir a su hijo desde el interior: es la lactancia.

No podemos negar que hay, y habrá mujeres, que por distintos motivos, no son ni serán esposas o madres. Sin embargo, por ser mujeres, tienen en ellas un cuerpo abierto al encuentro, una capacidad estructural (interna y externa) de llevar, liberar y nutrir la vida. Son capaces de vivir estrechamente unidas al otro, de soportar el dolor, las privaciones, y de adaptarse.

INAGOTABLE FUENTE DE AMOR

El amor femenino es servicial y siempre disponible para el servicio y la ayuda para que los demás alcancen su propia perfección. Si ponemos atención ese es un título que se le da al Espíritu Santo, que viene y se posa sobre todas las creaturas, para ayudarlas y socorrerlas. Similarmente, es una representación perfecta de la Virgen purísima, esposa de Dios y madre de todos los hombres.

Por esta y otras razones, la mujer descuella por su «genio femenino», y se posiciona naturalmente en un lugar preponderante en la vida familiar. Por eso, el papa Benedicto XVI, en la Exhortación Postsinodal Verbum Domini Nº 85, resalta «el papel indispensable de las mujeres en la familia, la educación, la catequesis y la transmisión de los valores. En efecto, ellas saben suscitar la escucha de la Palabra, la relación con Dios y comunicar el sentido de perdón y del compartir evangélico, así como ser portadoras de amor, maestras de misericordia y constructoras de paz, comunicadoras de calor y humanidad».

¡Felicidades mamás!