Por José Francisco González, obispo de Campeche

Cada vez nos acercamos más a la grande celebración del II Milenio de la muerte redentora de Cristo. Es un lugar común afirmar que Jesús murió en el año 33, sin ser del todo preciso en la manera actual de computar el tiempo. Pero, si tomamos esa fecha como indicativa de tan significativo acontecimiento, en el año 2033, conmemoraremos dos mil años de ello.

Los obispos mexicanos hemos publicado un documento con este motivo: el Proyecto Global de Pastoral (PGP). La situación lo amerita y tiene mucha razón de peso: Jesús muere con un alcance universal en la salvación que ofrece.

En la Segunda Lectura de este domingo, leemos a San Pablo a los Romanos. De entrada, afirma el Apóstol de las Gentes: “Por tanto, como por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, así la muerte alcanzó a todos los hombres, ya que todos pecaron” (Rom 5,12ss).

El pecado es una experiencia de todo ser humano. Cargamos nuestras propias debilidades y fragilidades, que nos impiden comportarnos siempre de manera perfecta, madura y equilibrada. No siempre “damos en el blanco”. Esta última afirmación es como la Biblia habla del pecado. El pecado es “no dar en el blanco”; es no atinarle al punto, es fallar.

Por consiguiente, el pecado no lo cometemos, siempre, por una mala voluntad expresa que tengamos. Ni tampoco, por una mala intención. Porque fallamos, por eso pecamos. ¿quién puede ufanarse de siempre obrar de manera perfecta y sin equívocos? Por eso, en la Primera Carta de San Juan nos advierte que somos mentirosos si decimos que no pecamos.

Ya los romanos del antiguo imperio afirmaban: “Errare humanum est” (es propio de los humanos equivocarse). Jesús viene, pues, a redimirnos del pecado. Su muerte es una gracia santificadora y purificadora. Por eso, al final de la lectura paulina escuchamos: “¡El don otorgado por la gracia de un hombre, Jesucristo, se ha desbordado sobre todos!”.

Finalmente, un texto del PGP: “Por eso, toda la vida de Jesús es redentora, su familia, su predicación, su escucha e interpretación de la Escritura, sus actitudes, sus pasiones y acciones, su cercanía con su Padre, su relación con sus discípulos, su distancia crítica con las autoridades, su sensibilidad ante el sufrimiento de los enfermos y necesitados, su confianza en el Padre para aceptar con valor su muerte, su presencia de resucitado y su deseo de quedarse con sus discípulos” (Nº 112).

DÍA DEL PADRE

Por cultura, se le ha dado más importancia a la figura de la madre en la familia que a la del padre. Pero la misión de ser “papá” es única, intransferible, insustituible y fundamental dentro del desarrollo emocional, psicológico, social y religioso de los hijos. Cuando los hijos cuentan con la presencia del papá en la familia se nota en su comportamiento y modo de ser. Ellos se vuelven más tolerantes ante la frustración, tienen mayor confianza en sí mismos, gozan de mejor autocontrol y cultivan una sana autoestima.  Una relación positiva del padre con sus hijos les ayudará para que éstos en un futuro sean adultos ecuánimes y seguros.

¡Felicidades a los varones por el Día del Padre!