Por Mario De Gasperín Gasperín

“El hombre es un narrador”, nos ha dicho el Papa Francisco. Un narrador de historias, de sueños, de esperanzas con los cuales va tejiendo su vida. Porque el hombre es un ser en realización. Narrando, contando historias se realiza, va enriqueciendo su vida y aprendiendo a saber quién es. Va tejiendo su propia historia y construyendo su persona, con referencia siempre a los demás, pero sin perderse en el anonimato, en la masa, en las estadísticas.

La historia es una, la de Dios, que se empata con la de cada uno de nosotros. Si somos su imagen, no sólo somos su reflejo sino que Él se refleja en nosotros. Prologamos y actualizamos su propia historia de salvación. Parte medular de nuestro drama es que la historia que ahora vivimos nos la están escribiendo otros. Hace por lo menos un siglo que comenzamos a tener historia oficial: educación oficial, prensa oficial, vida oficial…

Hasta iglesia oficial. Este agravio costó a los católicos sufrimiento y sangre, pero se salvó la todavía maltrecha libertad y dignidad. Todavía se equipara la verdad histórica con la verdad oficial. La imposición de la verdad es enfermedad connatural al poder; la sufrimos porque la deseamos también, y se nos vuelve estilo de vida y de pensar.

Exagerando un poco, de la pandemia se nos dicen qué es y qué no es, cuándo sube y cuándo baja, cómo debemos vivir y cómo morir: ya no morimos ungidos por la santa Unción sino intubados y solitarios en un hospital; no tenemos entierro sino cremación; tampoco sepultura sino cripta, dejó ya de existir el camposanto y ahora no ofrecen un mausoleo… Esto, repito, lo digo no para negar el progreso, sino para pensar cómo el lenguaje refleja la nueva realidad que tiende a la desacralización y al desuso e inoperancia del lenguaje religioso.

Necesitamos un lenguaje, decía el Papa Benedicto, no sólo nuevo, sino performativo, lo que quiere decir, un lenguaje que no sólo informe, sino que transforme, que incida y cambie la vida.

Cuánto del aburrimiento y de la inoperancia de la proclamación depende del lenguaje, de la incapacidad de “narrar”, dice el Papa Francisco. Si algo tiene el lenguaje bíblico y la predicación de Jesús es su potencia transformadora.

Es tarea ardua y grata a la vez lograr este empeño. Por eso, el magisterio del Concilio y de los romanos pontífices nos instan no sólo a extender el mensaje sino a transportarlo en el lenguaje moderno y actual. No lo hemos logrado. El periódico “El Observador de la Actualidad” lo ha intentado, y en buena parte logrado, durante estos preciosos 25 años de vida que cuenta desde el 16 de julio, providencialmente bajo la protección de quien supo cantar y proclamar las maravillas del Señor en su vida y para toda la humanidad.

Invito a los señores sacerdotes, a los hermanos religiosos de la ciudad y a los fieles laicos a convertirse no sólo en lectores, sino también a buscarlos y, convencidos, esparcir esta buena semilla. Enseñar al que no sabe es obra de misericordia, especialmente en este cambio de época y en el futuro próximo que el Señor nos depara. Su Servidor, así como los fundadores, responsables y colaboradores, pensamos que un periodismo así no debe morir.

Hoy renace con un nuevo y más reducido formato porque lleva, como usted, los estragos de la pandemia, pero sobre todo la esperanza de vida y resurrección.

TEMA DE LA SEMANA: EL PERIODISMO CATÓLICO NO VA A MORIR ¡VOLVEMOS!

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 19 de julio de 2020. No. 1306