Por Tomás De Híjar Ornelas

“Cada uno se agarra como puede a su mala estrella” Émile Cioran

Ante el dato duro que tan sólo dos palabras, corrupción y negligencia, estén las causas que provocaron la destrucción del puerto de Beirut y la ya de por sí muy deteriorada convivencia social de ese pequeño y estratégico Estado del litoral del Medio Oriente, el Líbano, nos mueve a preguntarnos: ¿en manos de quien está nuestra suerte?

Hasta el momento, el registro de las víctimas lleva cuenta de 100 decesos, 4 000 lesionados y muchísimos desaparecidos. Los daños materiales en la populosa ciudad, donde viven un millón de almas, que es como decir, la quinta parte de la población del país, exigen, con toda razón, se satisfaga su malestar cuanto antes.

Irónico resulta que este 4 de agosto del 2020 dos cargas grandísimas de nitrato de amonio (2.700 toneladas) causaran un hongo de gases en la antevíspera del aniversario 75 de la aniquilación de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki en el Japón. Y nada nos consuela saber, ante un cráter de casi 50 metros de profundidad, que lo visto no se relaciona con las bombas atómicas que el 6 y el 9 de agosto de 1945 pusieron de ese modo fin tanto a la Segunda Guerra Mundial como a la mítica ‘era del progreso’ con la que comenzó su andadura el siglo XIX de nuestra era la Revolución Industrial.

El domingo siguiente a tan fatídica fecha no pudo menos que evocarlo el Papa Francisco en su reflexión luego del rezo del ángelus, y desde su amplísima visión del contexto ya, recordó cómo “el Líbano tiene una identidad peculiar, fruto del encuentro de varias culturas, que ha surgido con el tiempo como modelo de convivencia”; lo cual no deja de ser, precisó, una convivencia que ahora se ha puesto “muy frágil”; y no quedándole más remedio que “renacer libre y fuerte”, a los cristianos les toca, sostuvo, sumarse con “solidaridad y compasión, con el corazón y las manos abiertas al compartir” a la reconstrucción del Líbano.

Que este drama se viva allá como fruto de la morosidad de los empleados de la aduana del puerto, que desde el 2014 retuvieron en el peor lugar el cargamento explosivo confiscado a un navío con bandera de Moldavia por las pésimas condiciones de su armadura para seguir navegado, abre también un boquete y aun un ajuste de cuentas para los representantes de un mosaico compuesto por estos sectores culturales: el cristiano (de rito maronita casi todo), el musulmán (suníes y chiitas) y los drusos.

A los clérigos del Líbano el Papa le hace una sugerencia ardorosa y clara: “que estén cerca del pueblo y que vivan con un estilo de vida marcado por la pobreza evangélica, sin lujo”, a lo que los motiva advirtiéndoles: “porque vuestro pueblo sufre, y sufre mucho”.

Que esto lo diga casi al tiempo de la muerte de un profeta y pastor con olor de oveja, don Pedro Casaldáliga, misionero claretiano catalán y Prelado Emérito de São Félix, en el brasileño Mato Grosso, antípoda de los mitrados buscadores de estatus, que recién falleció entre los suyos este 8 de agosto, a la edad de 92 años, nos mueve a cerrar esta columna evocando una de las frases acuñadas por quien fue también un escritor sistemático y un defensor ardoroso y congruente del Evangelio desde su aspecto existencial y económico: “Ser libre para ser pobre y ser pobre para ser libre”, que además de una divisa es, en términos de congruencia, lo único que salvará al mundo de seguirse devorando como hasta hoy.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 16 de agosto de 2020. No. 1310