Por José Antonio Varela Vidal

Semanas atrás, el 5 de junio último, se recordó el 60º aniversario de la fundación del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, que tuvo como principal artífice al hoy Papa san Juan XXIII. Este fue un primer paso oficial de la Iglesia Católica en el movimiento ecuménico, que se ha extendido hasta nuestros días.

El cardenal Kurt Koch, presidente de dicho dicasterio vaticano, transmitió un mensaje en el que recordó también los 25 años de la encíclica sobre el empeño ecuménico “Ut Unum sint”, firmada por san Juan Pablo II y en la cual definió al ecumenismo como una “vía irreversible de la Iglesia católica”.

Koch también explicó que dicho pontificio consejo “en nombre y por cuenta del Santo Padre, conduce diálogos ecuménicos con las otras iglesias y comunidades eclesiales”. El objetivo principal, lo recuerda el alto prelado, “es restaurar la unidad del único Cuerpo de Cristo herido, en el curso de la historia, por muchas divisiones”.

Como se sabe, el “Decreto Conciliar sobre el Ecumenismo” (Unitatis Redintegratio), presentó las bases doctrinales y las líneas de acción práctica del ecumenismo católico. Fue promulgado por el Papa Paulo VI el 21 de noviembre de 1964, durante la celebración del Concilio Ecuménico Vaticano II.

Unidos en la oración

Una de las actividades ecuménicas más visibles es la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que termina con una importante celebración en la fiesta de la Conversión de San Pablo del 25 de enero.

En dicha ocasión y cada año, los Papas presiden una celebración litúrgica en la Basílica de san Pablo en el Vaticano, con los líderes de las más importantes iglesias cristianas. El objetivo común es claro: avanzar en la unidad.

Ecumenismo en serio

Dado que este esfuerzo debe crecer en el tiempo, la Iglesia católica mantiene un diálogo permanente con diversas iglesias y comunidades eclesiales en el mundo. Esto con el propósito de establecer una especie de “red de amistad”, para no ver a estas como “enemigas”, sino reconocerlas como hermanos.

El punto de partida es el cimiento común que tienen todas en el bautismo, que es a la vez el puente de todo esfuerzo ecuménico.

Hacia una libertad religiosa

Algo que une actualmente a las iglesias cristianas -junto a otras religiones-, es el llamado a la libertad religiosa. Esta debe ser vista no solo como un “permiso” para abrir una iglesia o enseñar religión en las escuelas, sino como un derecho inalienable de la persona humana.

Las enseñanzas de la Iglesia insisten mucho hoy en que el ecumenismo “es un don del Espíritu Santo”, por lo que se debe tener un corazón abierto para escuchar lo que quiere Dios de este diálogo, el cual debería llevar a realizar aquellas acciones comunes que el mundo requiera.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 16 de agosto de 2020. No. 1310