Cuando Jesús dice: “Soy Yo, no tengáis miedo” (Jn 6, 20), está animando a todos a que se acerquen a Él; así que esto también se aplica a la lectura de las Sagradas Escrituras, porque a través ellas se suscita un encuentro con el Señor, se le puede conocer mejor y se entiende cuál es su voluntad.

Sin embargo, aún hay muchos católicos que huyen de la Biblia. Algunos sienten que leerla y estudiarla es cosa de protestantes. No faltan aquellos a los que les parece de entrada tan compleja y abrumadora como un libro de ecuaciones matemáticas. Otros no la leen simplemente por pereza, pues en países como México predomina la gente que es analfabeta funcional: sabe leer pero prefiere no hacerlo. Y en el fondo suele, finalmente, predominar el sentimiento de que si antes de la invención de la imprenta (ocurrida en el siglo XV) era rarísimo que una persona tuviera una Biblia, y aun así la gente podía salvarse, ¿para qué preocuparse entonces de leerla? Basta con que en la Misa se proclame la Palabra de Dios.

Nueva realidad

Pues bien, las cosas han cambiado: antes los cristianos asistían a Misa por lo menos los domingos, pero hoy sólo un porcentaje extremadamente pequeño tiene ese privilegio, mientras que otra porción bastante mayor aún puede acceder a alguna celebración eucarística vía televisión por cable, internet o redes sociales; pero hay en México miles o incluso millones de cristianos católicos que no cuentan con estas opciones; lo único que les queda es rendir culto y adoración a Dios mediante la oración, y dejar que Dios les hable a través de las Sagradas Escrituras.

Además está el caso particular de los niños, que ahora corren el riesgo de posponer su preparación para los sacramentos o simplemente para su crecimiento cristiano porque la mayoría de las diócesis o parroquias no están en condiciones de ofrecerles catequesis en línea.

Ante esto, hay que recordar que los padres de familia, y no el colegio católico, o el párroco, o la catequista, son los primeros responsables de evangelizar y catequizar a sus hijos. ¿Y qué mejor forma de hacerlo que con la Biblia?

Dice Jesús que “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4, 4), así que es más importante que los menores de edad sean alimentados espiritualmente por medio de las Sagradas Escrituras que por los libros de catecismo infantil o juvenil. Algunos de éstos son muy buenos como complemento, y no pierden su vigencia, como el famoso catecismo del padre Ripalda, del año 1616; pero hay otros, muy modernos, con carencias terribles, tal como lo denunciara el sacerdote salesiano Pietro Riggi ante Benedicto XVI: “En los catecismos de la Conferencia Episcopal Italiana, usados para la enseñanza de nuestra fe a los muchachos de Confesión, Comunión y Confirmación,… no se habla nunca del Infierno ni del Purgatorio, una sola vez del Paraíso, una sola vez del pecado, únicamente del pecado original… Al faltar el pecado, al no hablar del Infierno, también la redención de Cristo llega a ser disminuida”.

Ahora bien, si se aplica el lema del padre Flaviano Amatulli (1938-2018), “Biblia para todos y Biblia para todo”, no puede haber riesgo de dejar fuera verdades de la fe. Y qué mejor momento para empezar que ahora, en septiembre, el Mes de la Biblia. Biblia para la catequesis; Biblia para hacer oración personal y en grupo; Biblia para buscar consejo; Biblia para los niños, los adolescentes, los jóvenes y los adultos. La Biblia como pilar de la familia.

TEMA DE LA SEMANA: La Biblia vuelve a casa (de donde nunca debió irse)

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 6 de septiembre de 2020. No. 1313