Por Tomás de Híjar Ornelas

“A confesión de parte, relevo de prueba” Aforismo jurídico

Al calor del arresto de José Antonio Yépez, el Marro, noticias confusas acerca de posibles donativos a la Iglesia han obligado al obispo de Celaya, don Benjamín Castillo Plascencia, ha desmentir que la diócesis a su cargo se haya beneficiado con donativos del grupo criminal que adoptó el nombre del poblado de Santa Rosa de Lima, cuna y nido de dicho hampón, presentado como católico.

El dato no es nuevo. Hace un año el periodista Pablo César Carrillo compuso para un periódico virtual de Guanajuato, La silla rota, una columna bajo el encabezado “El Marro: La fe de un asesino”, que comienza con este párrafo: “El Marro, es un católico creyente, religioso, apostólico y romano. Pero José Antonio Yépez, también es un asesino, criminal, ladrón, secuestrador y delincuente. El bien y el mal en una misma persona”.

Que sea creyente y religioso y lo demás si se toma como adjetivos confesionales no pasa de allí, pues tal cosa no implica que sólo por eso sea un cristiano que ha hecho suyas las premisas del Evangelio. Empero, no podemos sortear la pregunta crítica, reavivada absolutamente en esos momentos, en los que la metástasis de la corrupción salpican lo mismo al trono que al altar: ¿Cómo puede uno ser “católico creyente, religioso, apostólico y romano” y al mismo tiempo “un asesino, criminal, ladrón, secuestrador y delincuente”? El aludido periodista, acabamos de leerlo, nos da la respuesta teológica y hasta paulina: porque el bien y el mal están o caben en una misma persona.

Casos tan sonados en este momento de corrupción e incongruencia entre el dicho y el hecho que se están ventilando en los tribunales del fuero civil como los de César Duarte, ex gobernador de Chihuahua y Emilio Lozoya, director general que fue de la empresa estatal Pemex, por lavado de dinero, tráfico de influencias y crimen organizado o la formalización del juicio en los Estados Unidos del tercer líder de la organización cristiana unicitaria y restauracionista ‘La Luz del Mundo’, por la friolera de 36 cargos penales de la índole abuso sexual y pornografía infantil y tráfico de personas, le mueven a uno a esperar que pronto pase todo.

Pero cuando a ese clima ya viciado lo enrarece el juicio sumario de la opinión pública ante “evidencias” de funcionarios o figuras públicas recibiendo fajos de billetes para su propio beneficio y el de sus allegados el asombro parece no acabar nunca, al menos que de ser congruentes se trate y aceptar que la fuente de la corrupción, como lo denuncia sin fisura el Evangelio, es atribuirle al dinero lo que no puede darnos y tener a la pobreza como un mal a combatir sin tregua.

Esperemos que nunca falten apóstoles de los consejos evangélicos, que los prediquen con su vida y sus hechos antes que con sus palabras, poses y monumentos edificados, y que la pudrición que ahora hiede tanto mañana sirva de composta a un mundo mejor.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 30 de agosto de 2020. No. 1312