Cuando el coronavirus comenzó a esparcirse por los diversos países, la incertidumbre y la confusión respecto de las medidas preventivas adecuadas se dejó sentir no sólo en lo familiar y social, sino en el plano espiritual.

La Iglesia en Polonia intuyó desde el principio lo que la gran mayoría de las diócesis del mundo tardaría meses en darse cuenta: que para poder seguir asistiendo al Santo Sacrificio de la Misa, puesto que éste no puede ser sustituido por nada mejor ni nada mayor o más importante, la clave está sencillamente en evitar las aglomeraciones.

Así que la solución que se implementó al principio en Polonia fue muy simple: se multiplicaron las Misas en domingo y demás días, para que todos los fieles pudieran acudir algún día de la semana y sin riesgo para su salud.

Decía monseñor Stanislaw Gadecki, presidente de la Conferencia Episcopal de Polonia:

“Es impensable que no oremos en nuestras iglesias, pues así como los hospitales curan las enfermedades del cuerpo, las iglesias sirven… para curar las enfermedades del alma”.

Sin embargo, muy pronto Polonia tuvo que cancelar esas Misas por imposición gubernamental. Pero en otros lugares, en Italia por ejemplo, la Iglesia ordenó la supresión de las Misas mucho antes de que las autoridades civiles consideraran que ya era necesario hacerlo; de este modo, uno podía ir a las pizzerías, los restaurantes y los bares, pero no a la Eucaristía, lo que causó desconcierto entre los fieles.

Entre los propios clérigos del mundo se notaba desacuerdo; por ejemplo, algunos ordenaron que en Lourdes las fuentes de agua curativa fueran cerradas… ¡por miedo al coronavirus!, mientras que otros obispos y sacerdotes lamentaron este signo de falta de fe.

Ciertamente algunas cosas son difíciles de entender; por ejemplo, que la diócesis de Bérgamo (Italia), además de las Misas, prohibiera el toque de las campanas benditas —que literalmente ahuyentan a demonios, según testimonio de santos y místicos—, mientras que en otras diócesis sí continuaron repicándose.

Por su parte, el arzobispo de Salzburgo (Austria), Franz Lackner, se quejó de que hubiera católicos que le enviaran cartas “molestas” porque anhelaban regresar a Misa; y más bien vio como positiva la prohibición eucarística porque podrían contribuir a “un mayor anhelo por Jesús”.

El cardenal Jean-Claude Hollerich, presidente de la Unión Europea de Conferencias Episcopales, hablando de los fieles que se quejaban por la supresión del Sacrificio Perpetuo, dijo que éstos “alientan una creencia en los milagros, que no comparto”.

Otro clérigo que se expresó de manera positiva de la situación actual fue el obispo de Cayenne (Francia), monseñor Emmanuel Lafont, que pidió el 4 de mayo a los católicos que aceptaran que siga la prohibición de la celebración pública de la Eucaristía. “Esta fijación [en la Misa] no me parece sana; incluso la encuentro un poco inmadura”, insultó.

TEMA DE LA SEMANA: ALGUIEN TE ESTÁ ESPERANDO (OTRA VEZ)

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 27 de septiembre de 2020. No. 1316