Por Tomás De Híjar Ornelas

Tenemos miedo de la inmensidad de lo posible. Emil Cioran

Esta 3 de septiembre del 2020 se cumplen 150 años del nacimiento de un mexicano cuyo talento le permitió alimentar un poco su curiosidad desde dos trincheras: la docencia y el ministerio ordenado.

Vino al mundo en Zapotlán el Grande, Jalisco, del matrimonio compuesto por Salvador Arreola y Laura Mendoza. Todavía niño comenzó su formación humanística en 1881, en la Casa auxiliar del Seminario de Guadalajara de Zapotlán, formación que prosiguió al lado de su hermano Librado hasta ser ordenados ambos el mismo día presbíteros para el clero de Guadalajara (1893).

Tenía 17 años de edad cuando aceptó hacerse de un grupo de niños de primeras letras, actividad que siguió desempeñando con muy pocas interrupciones hasta el final de sus días, es decir los siguientes ¡80 años!

Impelido a impartir clases de ciencias naturales, física y astronomía, encontró en estas disciplinas un filón personal tan rico que a ellas consagrará titánicos esfuerzos en los años subsecuentes. Con la venia de sus superiores estableció en las instalaciones del Seminario un observatorio meteorológico y otro para el volcán Colima, ciudad esta última donde también fundó, entre 1896 y 97, un observatorio meteorológico y vulcanológico y un Boletín Mensual.

Profesor, subdirector y Director del Instituto de San Ignacio de Loyola, en la capital de Jalisco y de forma simultanea catedrático de la Escuela Libre de Ingenieros de Guadalajara, se hizo cargo, a partir de 1902, de las clases de cosmografía, química y física, en el Conciliar y de la dirección de su Observatorio, que fundó al lado de su correligionario y discípulo, don Severo Díaz Galindo.

La teoría sobre vulcanismo que defendió en noviembre de 1900 en el Primer Congreso Meteorológico Nacional y la invención del ‘Evaporómetro Arreola’ le colocaron a la cabeza de estas disciplinas en México a la temprana edad de 30 años y al año siguiente, en el Congreso de Americanistas, premios y medallas de oro.

En 1906 tomó parte destacada en el Congreso Internacional Geológico, interrumpiendo, paradójicamente, su carrera en esta vertiente, sus observaciones a los temblores en Jalisco en 1912, que atribuyó a la actividad volcánica y no como lo sostenía don Severo, a los acomodamientos subterráneos de las capas terrestres.

El anticlericalismo y la guerra lo llevaron, a partir de 1914, a consagrarse por completo a la investigación científica. A partir de 1917, a la arqueología y al estudio de las lenguas de los pueblos de indios, campo en el que se distinguió como gran etnógrafo.

Como refundador de la Universidad de Guadalajara en 1925, se dedicó a la impartición de cátedras en ella hasta su jubilación, en 1949, tiempo durante el cual tuvo a su cargo las materia de Mineralogía, Geología, Física, Química, Ingeniería y Arquitectura, Mecánica y Fluidos, Física Experimental, Geología aplicada a las construcciones, Hidrología, Ensayo de Materiales, Astronomía Práctica, Meteorología y Climatología.

Fue un escritor enjundioso y al tiempo de su muerte, el 28 de noviembre de 1961, ya había donado a la Universidad de Guadalajara su valiosa biblioteca y sus colecciones.

“Un sabio sacerdote”, escribió de él su coetáneo Ramón López Velarde. Admirador suyo fue su muy reconocido sobrino, el escritor Juan José Arreola.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 6 de septiembre de 2020. No. 1313