Por Jaime Septién

Éste 19 de octubre llega a Querétaro su décimo obispo: don Fidencio López Plaza. Viene de una larga historia de cercanía con los marginados. Y de una diócesis, la de San Andrés Tuxtla (Veracruz) que lo ha fogueado en la petición del Papa Francisco de construir una Iglesia en salida.

Desde su ministerio en los difíciles barrios suburbanos de Querétaro, hasta el trabajo en la Sierra Gorda de Guanajuato y su empuje como Vicario de Pastoral, nombrado por don Mario de Gasperín y ratificado por don Faustino Armendáriz, don Fidencio ha sabido dar lugar en la Iglesia –con su sencillez y su sonrisa eternamente dibujada en los labios—a todos, pero especialmente a los pobres, a los descartados.

Es un pastor de los que necesita la Iglesia en tiempos del Papa Francisco. Llega a estas tierras justo cuando el Papa nos ha regalado la encíclica social más incisiva de la historia: “Fratelli tutti”. Nacida de la parábola del Buen Samaritano, el documento debe ser leído como lo que es: una orientación al cambio de época: el compromiso de los cristianos para restaurar el mundo que se cae a pedazos. Sin echar culpas, viendo para adelante, recogiendo al que está tirado al lado del camino, sea quien sea: es mi hermano.

El obispo es el sucesor de los apóstoles. El pregonero de la Palabra de Dios y su testigo. De alguna forma es el siervo de los siervos de Dios, como lo indica uno de los títulos del obispo de Roma. Don Fidencio tiene ese don, que viene de la gracia, de la oración y la acción. Está siempre cerca. Su misma figura lo confirma. Recuerdo su trabajo en las Bienaventuranzas (en Menchaca); con los indígenas chichimecas-otomíes y los migrantes en Tierra Blanca (ahí nace el morral del migrante que llevaba la Biblia Latinoamericana dentro); en los comedores populares de la parroquia de Pentecostés…, su celo por llevar a fondo el Plan Diocesano de Pastoral.

No se queda a la mitad. Anda de misión todo el día. Como quiere Jesucristo que caminemos todos. Dar testimonio a tiempo y a destiempo. Trae el olor a oveja desde cuando se ordenó en los Siete Dolores, en el Capulín. Las enseñanzas de su padre lo dirigen a la sencillez del campo, de la vida misma. Y su lema episcopal, la fórmula de pasivo teológico: “Quod non assumptum est, non est sanatum” (que puede entenderse como lo describe San Atanasio: “Lo que no es asumido por Dios no es salvo”) nos muestra su concepción de un Dios encarnado, acontecimiento fundamental de la historia de la salvación y en la historia de cada uno de nosotros.

Cuánto necesitamos hoy en la Iglesia muchos “franciscos”: Don Fidencio es uno. ¡Sea bienvenido a su tierra!.