Por P. Fernando Pascual

La fuerza del mal se hace visible en grandes hechos o en sencillas situaciones cotidianas.

Una batalla, con todos sus horrores, muestra acciones y sufrimientos que destrozan directamente la vida de miles de soldados y civiles, e indirectamente las existencias de un número incontable de familiares.

Una crisis económica desencadena sufrimientos y angustias en millones de personas, en ocasiones hasta provocar hambres y epidemias que causan muertes innumerables.

Una legislación que permite, incluso que financia con dinero público, el grave delito del aborto lleva a la muerte a miles de hijos en el seno de sus madres, y a los sufrimientos que a corto o a largo plazo experimentarán las mujeres que abortaron.

En lo cotidiano también hay males que destruyen, que angustian, que generan heridas que duran meses, incluso años.

Unos esposos que se pelean ante sus hijos, o que los tratan con desprecio, hieren profundamente a quienes esperan encontrar en sus padres ayuda y buenos ejemplos.

Un hijo que desprecia a sus padres ancianos, que busca privarles de su casa o de sus bienes materiales, provoca una pena indescriptible en quienes dedicaron a ese hijo lo mejor de su tiempo y sus energías.

Un joven que juega con los sentimientos de otra persona, que abusa de su confianza, que finge amores para luego abandonar a esa persona, deja heridas afectivas que pueden duran toda la vida.

La lista de males de nuestro mundo parece interminable. Muchos de ellos llegan a nuestras vidas: basta con mirar nuestro propio corazón para encontrar cicatrices profundas, y también, algo que nos duele mucho, para tener que reconocer que no pocas veces fuimos verdugos…

Frente al mal casi infinito de nuestro mundo, necesitamos esperanza, misericordia, consuelo. No podemos vivir ahogados por tanta sangre y tantas penas interiores.

Encontraremos muchas veces manos amigas entre quienes están cerca. Pero, sobre todo, si tenemos un alma despierta, reconoceremos una presencia que ofrece la curación definitiva: Cristo que vino al mundo.

En Cristo tenemos paz, fuerza, medicina, ayuda, perdón. El Maestro es la respuesta definitiva y completa frente al mal de este mundo, frente a los males interiores que tantas veces nos han hecho esclavos del pecado.

Hoy puedo mirar su Cruz para pedirle misericordia. Entonces se produce el gran milagro de la curación definitiva, de la limpieza de los pecados, de la luz que enciende un amor que se llama caridad y que nos lanza a ayudar a tantos hermanos necesitados de manos buenas y de corazones acogedores…