Por P. Fernando Pascual

Es parte de la experiencia humana: encontrarnos mal, sentirnos incómodos, sufrir por un motivo o por otro.

Estamos mal si una lluvia inesperada provocó el inicio de un constipado molesto y persistente.

Estamos inquietos si las facturas se acumulan y vemos que no llegaremos a final de mes.

Nos sentimos incómodos, molestos, si el aire acondicionado de una tienda está demasiado caliente (o demasiado frío).

En muchas ocasiones, aceptamos que estamos a disgusto aquí o allá como si se tratase de una fatalidad: esto suele ocurrir, y ahora me ha pasado a mí.

Pero otras veces tenemos que reconocer que estamos mal cuando podríamos estar mucho mejor, y que estamos mal porque hay culpa o negligencia de otros (o de nosotros mismos).

Un ejemplo entre miles: optamos por ir a un médico que, en vez de proponer la terapia adecuada, con sus errores empeora la situación.

Surge la rabia en el corazón: si el médico hubiera sido más serio; si yo hubiese escogido a otro médico que tantas veces me había ayudado; si hubiera consultado un segundo parecer…

Entonces nos acusamos, o acusamos a otros, de encontrarnos en situaciones dañinas, cuando con un poco de prudencia y buenos consejos ahora podríamos estar bien o, al menos, no tan mal.

Esto se puede aplicar a nuestra vida en su conjunto: hay quienes reconocen con pena que no les gusta su trabajo, ni su modo de comportarse, ni las compañías que les rodean, y piensan que con otras decisiones del pasado todo estaría mucho mejor en el presente.

Una dimensión, para algunos anómala, del sufrimiento humano consiste en sufrir porque sufrimos, en reprocharnos penas y males que, según suponemos, habrían sido evitables.

No siempre es verdad que podríamos estar mejor si hubiéramos escogido de modo diferente: hay infortunios que son inevitables. Pero en otras ocasiones resulta evidente que las cosas irían mucho mejor con decisiones tomadas con prudencia.

Esto se aplica, desde luego, a la vida terrena, con todas sus sorpresas y dificultades. Pero también se aplica, y de un modo definitivo, a la vida que comienza tras la muerte.

Porque si hay algo que genere pena en el corazón es ese riesgo de terminar en el infierno (posible para todo aquel que, con pecados mortales, muere sin arrepentimiento) y saber que se pudo haber evitado esa desgracia definitiva con buenas obras y con una sincera y humilde confianza en Dios.

Para evitar esa pena, la mayor de todas, ahora podemos pedir ayuda a Dios y ponernos a trabajar, seriamente, por la propia salvación y la de quienes, de un modo u otro, estén en relación con nosotros. Con Dios pensaremos mejor cada una de nuestras decisiones, sobre todo para orientarnos hacia el amor.

Ese amor nos permite “sentirnos bien” ahora y en la vida eterna. Sobre todo, nos hace ser cada día un poco más buenos y más semejantes al Padre de los cielos…