Por P. Fernando Pascual

La expresión no es nueva. Aparece en pocas ocasiones para indicar la actitud de algunas personas que consideran el progresismo como lo bueno y que descartan lo opuesto al progresismo como lo malo.

Hay diversas modalidades de supremacismo progresista. La más sencilla consiste en etiquetar el propio punto de vista como progresista. Quien se opone al mismo, será un reaccionario, o un fascista, o un conservador, o simplemente alguien destinado a ser aplastado por el triunfo inevitable del progreso.

Así, por ejemplo, defensores del aborto se consideran progresistas, y tachan a los provida como enemigos del progreso, o de los derechos humanos, además de acusarles de ir en contra de la justicia y de la democracia.

Otro ejemplo: defensores de ciertas teorías educativas avaladas por ideas más o menos recientes, pero sin el apoyo de experiencias positivas concretas, se declaran progresistas para descartar automáticamente a sus críticos.

El recurso a etiquetas para descalificar, incluso anular, a los adversarios, es algo que ha ocurrido numerosas veces en la historia humana y que sigue presente en nuestro tiempo.

Pero descalificar falsamente al otro y exaltar la propia posición como la única buena son formas de supremacismo ideológico que dificultan el diálogo y que pueden desembocar en actitudes hostiles hacia quienes tienen otros puntos de vista.

Para evitar los daños del supremacismo progresista (y de cualquier otro supremacismo arbitrario y discriminatorio) basta con presentar el propio pensamiento como algo que puede ser discutido, en vistas a la búsqueda de lo que realmente interesa a cualquier ser humano: la verdad.

Porque una dimensión caracterizante del ser humano consiste en la posibilidad de reconocer los propios errores, lo cual permite acoger lo que otros aporten sobre temas de interés susceptibles al debate.

Si buscamos de verdad el verdadero bien del hombre, dejaremos de lado etiquetas y presunciones, como las de los distintos supremacismos, para construir puentes que permitan diálogos enriquecedores con quienes puedan ofrecernos horizontes razonables sobre temas fundamentales para la existencia humana.