Por Jaime Septién

Nos han contado una historia negativa de la santidad. Y nos la hemos creído completita. Que es cosa aburridísima; que es asunto de monjas y trapenses. Que es imposible para el hombre moderno, atosigado por mil reclamos publicitarios y por las presiones cotidianas.

Hemos dejado pasar una de las mayores aventuras de nuestra vida justificándose con tonterías insignificantes. Basta entrar en la alegría de san Francisco, en la poética de santa Teresita, en el buen humor de santo Tomás Moro, para derribar el mito de los santos como gente triste y pesada.

Que todos hemos sido llamados a ella, es algo que suele repetirse en las homilías de los padres. Es lo que leemos en las reflexiones diarias de nuestros cinco minutos (a veces cinco segundos) que le dedicamos al Señor. De ahí a taladrar el mensaje en el corazón, hay una distancia enorme.

Creo, sin ningún temor a equivocarme, que la santidad es un tesoro que se compra con la sencillez. Una joya preciosa que está al alcance de cada uno, donde quiera que se encuentre. Hace falta un solo ingrediente: canjear nuestra voluntad por la de Dios. Querer lo que Él quiere.

“De viejo gran rezador”, dice aquel poema de Machado, refiriéndose a un personaje que fue “de mozo muy jaranero”. Ya me convertiré cuando sea viejo y no tenga más que un sillón para mirar pasar. A Carlo Acutis, Dios le dio 15 años de vida. El problema no es de número: es de ganas de derrotar nuestra soberbia.

TEMA DE LA SEMANA: LA ENSEÑANZA DE LOS SANTOS ES QUE LA FELICIDAD SÍ EXISTE

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 1 de noviembre de 2020. No. 1321