Éste es un mandato que Dios hizo a su pueblo de la Antigua Alianza: “Santifíquense y sean santos, pues Yo soy Santo” (Levítico 5,48). Y, desde luego, tal exigencia divina se ha extendido con mucha mayor razón al nuevo Pueblo de Dios, el de la definitiva y Nueva Alianza: “Así como el que los ha llamado es Santo, así también ustedes sean santos en toda su conducta, según dice la Escritura: ‘Serán santos, porque Santo soy Yo’” (I Pedro 1, 5-6).

Día de todos los santos

Este domingo 1 de noviembre se celebra la solemnidad cristiana de Todos los Santos. En el calendario litúrgico es fiesta de guardar, lo que significa que es día de descanso y Misa obligatorios; así lo establece el canon 1246 del Código de Derecho Canónico. En muchos países, por ejemplo en Francia y Alemania, efectivamente se respeta este día, así que no se labora ni hay escuela, y los negocios están cerrados.

Pero en otros países, como México, esto no ocurre. Esto se debe a que el canon 1245 establece que los obispos tienen el derecho, si bien “con causa justificada”, a dispensar “de la obligación de guardar un día de fiesta o de penitencia”.

En la liturgia de Todos los Santos se exalta y glorifica a Dios por todos aquellos difuntos que, habiendo evitado o superado el Purgatorio, gozan ya de la visión beatífica y de la vida eterna en la presencia de Dios.

¿Qué es un santo?

Cualquiera que ha llegado al Cielo es verdaderamente santo, así que el Día de Todos los Santos no sólo se refiere a los beatos o santos ya canonizados, sino también y especialmente a todos aquellos que, a pesar de no ser muchas veces ni siquiera conocidos, le dieron a Dios un “sí” decisivo que los llevó finalmente a estar para siempre con Él, amándolo y adorándolo por los siglos de los siglos en la Vida Eterna.

Ahora bien, en el Himno del Gloria, que los cristianos cantan todos los domingos y días festivos en el Santo Sacrificio de la Misa, se expresa lo siguiente:

“Porque sólo Tú eres Santo; sólo Tú, Señor; sólo Tú, Altísimo Jesucristo, con el Espíritu Santo en la Gloria de Dios Padre”.

¿Cómo conciliar que sólo Dios es Santo y, al mismo tiempo, afirmar que hay muchos santos? Cuando se dice que sólo Dios es Santo significa que es un atributo suyo, es decir, exclusivo de su naturaleza divina.

En otras palabras, Dios es la fuente de toda santidad; nada ni nadie es o puede llegar a ser santo sin Él. Todos los hombres, sean varones o mujeres, están llamados a la santidad como vocación cristiana; pero nadie la puede alcanzar sin Dios, y tampoco nadie puede igualar la suya a la de Él: “¿Con quién podrán ustedes compararme, o quién será igual a Mí?, dice el Santo” (Isaías 40, 25). “No hay Santo como Yahveh, nadie hay fuera de Ti ni otra roca fuera de nuestro Dios” (I Samuel 2, 2).

En hebreo, Dios Padre es “Abba Kadosh” porque la palabra santo es “kadosh”, y significa “puro”, “separado” o “apartado”, incluso “consagrado”. Y aquello que es puro y separado es diferente a todo lo demás. Por ello la santidad de Dios es distinta a la que un ser humano puede alcanzar; la de Él es absoluta, mientras que el hombre puede llegar a alcanzar es relativa.

Algo más: Dios creó a Adán y a Eva a su imagen y semejanza, por tanto fueron creados santos; pero, aunque engañados, ellos por su libre decisión pecaron y perdieron la santidad para ellos y sus descendientes. Desde entonces nadie nace santo, salvo la Virgen María, que por algo la Iglesia la llama “Santísima”; ninguna creatura ha podido, puede o podrá alcanzar el grado de santidad que ella tiene.

TEMA DE LA SEMANA: LA ENSEÑANZA DE LOS SANTOS ES QUE LA FELICIDAD SÍ EXISTE

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 1 de noviembre de 2020. No. 1321