Por Tomás De Híjar Ornelas

“Las buenas personas son como velas: se queman para dar luz a los demás.” Paráfrasis de Lc 11, 33-36

Si a lo que todos hemos visto en imágenes, hace escasamente una semana, la destrucción de dos templos históricos en Santiago de Chile, en el marco de protestas en contra del gobierno que encabeza el Presidente Sebastián Piñera, las de San Francisco de Borja,

capellanía funcional del cuerpo policial de Carabineros, y la de la Asunción, de siglo y medio de antigüedad le buscásemos un significado más allá de la mezcla, en manifestaciones de repudio público de alborotadores de oficio, no podríamos dejar de lado la sombra que sigue ensombreciendo la vida social en ese país la prolongada dictadura militar del general Augusto Pinochet (de 1973 a 1990) y la participación que en ella tuvo la Iglesia católica bajo el argumento de sortear el régimen comunista que parecía alentar el Presidente Salvador Allende, ni los oficios que en ello tuvo de 1977 a 1988 el nuncio apostólico Angelo Sodano, hoy Decano emérito del Colegio Cardenalicio, institución que desde hace muchos siglos tiene un papel muy distinguido en el gobierno universal de la Iglesia.

Con ello estamos diciendo que dentro de los aires de renovación que ha impulsado sin tregua el Papa Francisco, haber incluido entre los nuevos cardenales al Obispo Emérito de San Cristóbal de las Casas, don Felipe Arizmendi Esquivel, que ya tiene 80 años de edad, como él mismo lo ha comentado, es, entre líneas, una necesidad de limpiar ese organismo de lo que no sea su ámbito propio: el ministerio de los apóstoles.

Con sencillez, don Felipe lo reconoce: que su designación es, ante todo, “un reconocimiento a su labor pastoral en los obispados de Tapachula y San Cristóbal de las Casas, además de su labor en Toluca”, como ya lo hizo Francisco cuando confirió esta investidura a los arzobispos eméritos de Morelia y de Jalapa, don Alberto Suárez Inda y don Sergio Obeso.

No será don Felipe, pues, un cardenal elector ni curial, sino honorario: “Para mí ya no hay mayor cambio”, dijo con el realismo más transparente.

Ahora bien, leída entre líneas tamaña distinción, subrayemos aquí los ámbitos que cultivó don Felipe en su ministerio: las comunidades campesinas, los pueblos originarios y los migrantes desde una dinámica de comunión y participación: “Soy lo que soy por Dios y por la comunidad. No quiero atribuir esto a méritos personales, sino como reconocimiento a la labor que como Iglesia juntos hemos estado haciendo”.

Quienes no formamos parte del staff del clero en México podemos congratularnos con todos los católicos de acá con el Obispo de Roma por este nombramiento, con el que reitera una visión que aleja a los purpurados de acciones más bien diplomáticas y mundanas que propias de su ministerio apostólico: predicar con el ejemplo antes que con la palabra, que en el caso de don Felipe, además de la predicación ha cultivado también con la pluma, siendo uno de los contadísimos mitrados mexicanos capaces de firmar lo que redacta de su puño y letra con pensamiento crítico y elementos de juicio y criterio de enjundia y calado.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 1 de noviembre de 2020. No. 1321