Por Tomás de Híjar Ornelas, Pbro.

“Se producen cientos de millones de toneladas de residuos por año. La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería”. Papa Francisco

Si lo que desde hace muchos meses y bajo el calificativo ‘indocristiano’ venimos planteando en esta columna, conviene ahora, al filo de la relevancia que tuvo hasta la caída de Tenochtitlán en 1521 y ganó y conserva respecto a lo que luego fue la Nueva España en cuanto extensión transoceánica del trono de este nombre y a partir de 1565 de lo que por la ruta del Galeón de Manila (o Nao de la China, en términos más literarios) aseguró especias, seda, porcelana, marfil, maque y otras exquisiteces a los europeos acaudalados, sin las trabas que por oriente interpusieron los seguidores de Mahoma a tal trasiego.

Reiterando que la visión sagrada mesoamericana pasada por las aguas del bautismo conserva aún en el siglo XXI evidencias tan distinguidas como las que hizo suyas hace muy poco, en su calidad de artífice del Sínodo para la Amazonia el Papa Francisco, nos servimos ahora a modo de material de contraste –como lo son los compuestos yodados que se administran a quienes han de someterse a exámenes por imágenes de rayos X–, las ideas volcadas en el artículo “Cosmovisión mesoamericana, descolonización de las ciencias sociales y diálogo mundial de saberes” (2020), de Juan Carlos Sánchez-Antonio.

En efecto, según el análisis que desde la filosofía intercultural crítica y liberacionista propone el binomio “interculturalidad” / “descolonización” respecto a lo que ella misma denomina “modelo hegemónico monocultural y globalizador” refiriéndose al “imperialismo cultural occidental” y a la “posmodernidad en clave consumista”, lo acaecido en América a partir de 1492 le insertó en dos (o tres,  según se vea) niveles de colonialidad como parte constitutiva de la modernidad que mantiene, a como dé lugar, los postulados del consumismo materialista, incluso a cargo de la calidad de vida –y de la vida misma– en el planeta.

Sánchez Antonio apela al adalid de ese planteamiento político, Enrique Dussel, a propósito de lo que el denomina “la primera modernidad”, la del siglo XV o del ego conquiro (yo conquisto), que se anticipa 150 años a “la segunda modernidad”, la cartesiana o del ego ergo sum, que lo mismo naturaliza y justifica el uso “político-militar y económico” para someter al que tiene menos recursos para enfrentarlo, que produce “la separación metafísica del pensamiento\cuerpo” con el que la ciencia moderna podrá enseñorearse del destino del planeta, según lo hizo evidente en Hiroshima y Nagasaki la bomba atómica en 1947.

De este modo América (nuestro autor cita a Anibal Quijano) vendrá a ser “la primera identidad de la modernidad” y desde ese ángulo el cristianismo una suerte de aplanadora de saberes y prácticas subalternizados “en nombre de la expansión europea (del capitalismo y las ciencias) como el único modelo para seguir”, de modo que producción de riquezas (capitalismo) y de conocimientos (nueva ciencia) de la modernidad europea terminarán siendo “el criterio a partir del cual es posible medir el desarrollo temporal de todas las demás sociedades” (ahora el entrecomillado es de Santiago Castro-Gómez).

Con lo expuesto aclaramos lo que bordaremos de forma gradual a propósito de la modernidad y sus pretensiones universales en lo que a despecho de estos criterios de razón podemos nosotros abordar desde el Evangelio asumido de forma activa por la cosmovisión indocristiana tal y como la reconoce y tutela el actual obispo de Roma.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 20 de agosto de 2023 No. 1467

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