Por José Ernesto Hernández Rodríguez, MSP.

Muchas personas, gracias a Dios, se definen como personas de fe. Sin embargo, afirmar tener fe, no necesariamente es garantía de que se viva de manera correcta. La fe es la primera de las virtudes teologales, y según el catecismo de la Iglesia Católica: “Es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone, porque Él es la verdad misma. Por la fe “el hombre se entrega entera y libremente a Dios. Por eso el creyente se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios”. La carta a los Hebreos dice que la fe es la garantía de lo que se espera, certeza de lo que no se ve (11,1). Lamentablemente, en la práctica reina el sincretismo religioso frente a la falta de evangelización. Esta realidad nos interpela a todos.

Uno de los vicios de la fe que puede darse es tener una fe “milagrera”; aquella fe donde solo se busca a Dios para que “nos haga el milagro”, donde pareciera que se pone a prueba el poder de Dios respecto a la propia necesidad. Algunas personas condicionan a Dios o a algún santo, pues, “si se les hace el milagro” entonces sí cumplen alguna manda u ofrecen alguna otra ofrenda, de lo contrario no lo hacen.

Ya en tiempos de Jesús había personas así, que solo seguían al Señor por lo que les daba para comer o por los milagros que querían que les hiciera, recordemos el caso de la multiplicación de los panes: “Les aseguro que ustedes solo me buscan porque comieron hasta llenarse y no porque hayan entendido las señales milagrosas” (Jn 6,26). Un caso más se encuentra en el evangelio de San Lucas. Jesús se encuentra con diez leprosos que le gritan: ¡Jesús,  Maestro, ten compasión de nosotros! Ellos querían que los curara de la lepra, y sabían que los podía curar. Así lo hizo el Señor, ¡los curó! Una vez curados, solo uno volvió a darle gracias. ¿Y lo otros nueve?, –preguntó el Señor- ¿únicamente este extranjero ha vuelto para alabar a Dios? (Lc 17,11-19) Los otros nueve leprosos solo buscaron el milagro de Jesús, pero no buscaban a Jesús. Estas realidades están a la orden del día, muchas personas no buscan al Señor para hacer su voluntad, sino para que Él haga la voluntad de ellos.

Todavía podemos ir a otros extremos. Hay quienes llegan a renegar de la fe, pues, al no recibir de manera “rápida” el milagro deseado acuden con brujos, con “curanderos”, o a trabajos que solo agravan sus problemas. Frente a esto hay que tener claro algunas cosas que nos ayudarán a vivir la fe de un mejor modo.

El Señor murió en la cruz y resucitó para darnos vida eterna, para que desde esta vida temporal gocemos de su amor, ese es el mayor milagro que ya poseemos; además, nos ha elegido para extender su Reino entre todos los hombres, otro don del que debemos gloriarnos.

A Jesús se le busca, y Él se hace el encontradizo, para corresponder al amor que Él nos ha tenido, pues, Él nos amó primero (cf 1Jn 4,19). El creyente, o el que quiera serlo, se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios mediante la escucha de su palabra, la oración, la vivencia de los sacramentos, y así se adhiere a la fe que Dios le ha dado, siempre en comunión con la Iglesia.

Ahora bien, ¿podemos pedirle milagros a Dios? ¡Claro que sí! El señor pasó su vida haciendo el bien (cf Hch 10, 38), lo puede hacer hoy mismo, y de hecho lo hace. Los milagros de Jesús son un sigo de la llegada del Reino a nosotros (cf Mt 11,4-5) Los evangelistas relatan bastantes milagros que el Señor hizo (Mt 8,1-20.28-33; 9, 18-30;15, 29-39; Mc, 6,53-56;7,31-37; Lc 5,12-16;6,6-11; Jn 4, 43-54;5,1-18). “Pidan, y Dios les dará; busquen y encontrarán; llamen a la puerta y se les abrirá” es la consigna que narra el evangelio de san Mateo (cf Mt 7, 7) queda claro que los milagros son parte del querer de Dios.

En la enseñanza de la Iglesia los milagros solo los hace Dios, de manera directa y, en ocasiones, por intercesión de los santos, «son signos certísimos de la Revelación divina, adaptados a la inteligencia de todos», motivos de credibilidad que muestran que «el asentimiento de la fe no es en modo alguno un movimiento ciego del espíritu» (156)

Por lo tanto, al pedir a Dios algún milagro además de tener fe, que es un requisito indispensable, hará falta tomar en cuenta que no solo se debe pedir el milagro por el milagro, sino que se debe tener la firme voluntad de agradar a Dios con toda nuestra vida, buscar a Jesús y poner las propias necesidades en sus manos con la consigna de que el mejor milagro que podemos tener es saber aceptar su voluntad.

Los milagros no son un derecho de nadie, no se le deben exigir a Dios, sino que a través de la oración prepararnos para hacer su voluntad. “Hágase Señor tu voluntad” será siempre la invocación de quien tiene una verdadera fe. Cada día experimentamos muchos milagros de Dios en nuestra vida, pero en ocasiones son los que más pasan desapercibidos.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 27 de diciembre de 2020. No. 1329